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La historia "La razón de mi existencia" está siendo modificada. Estoy corriguiendo faltas ortográficas y argumento. Hay 19 capítulos corregidos. Disculpen las molestias :)

viernes, 19 de noviembre de 2010

Capítulo 9: Tan cerca y tan lejos I.

Capítulo 9: Tan cerca y tan lejos I.
 
 

Pov Edward.

 


[…] Pulsé el botón del mando para quitar la alarma. Las luces del coche parpadearon. —Sube, yo te llevaré.
—Pero…
—Bueno, si lo que te preocupa es que tu casa esté lejos y no quieres que demore… —Asintió corroborando mis palabras. —Tengo una idea. —Sonreí.
—¿El qué?
—Iremos a la mía.
 
Pude ver, en lo que me pareció un tiempo exageradamente lento, como sus ojos se abrían exuberantemente. Parpadeó más veces de las necesarias y me miró fijamente. Recorrió todo mi rostro con su mirada y finalmente sus ojos se posaron en los míos. Parecía buscar un atisbo de mentira o de broma en mis acciones. Al ver que yo no decía nada al respecto volvió a pestañear y entreabrió los labios.
—¿Qué-é has dicho? —Su pecho subía y bajaba con fuerza.
—Vivo a tan solo diez minutos de aquí, es tarde, hay mucho tráfico y mañana es domingo. No creo que haya ningún problema, ¿verdad? —Exteriormente parecía muy seguro de lo que decía. Pero me estaba costando horrores decirle eso. Me temí su negativa y que me mandara al diablo.
 
—Bu-bueno tienes razón pe-pero yo…
—Tenía pensando proponerte salir mañana. Tal vez una tarde de películas. Si te quedas conmigo no perderemos tiempo. —Le sonreí.
—Pe-pero… Será una molestia y…
—Shh, te lo estoy ofrenciendo, para nada es una molestia. Sabes que adoro estar contigo. —Por un momento ambos nos quedamos callados ante mi repentina frase. No se escuchaba nada a nuestro alrededor. Ella sonrió disimuladamente y se mordió el labios. Yo por mi parte me quedé en blanco ante ese ataque repentino de sentimientos hacia ella.
 
—Esta bien. Me parece una idea genial. A-a mí también me gusta estar contigo. —Bajó la mirada avergonzada. Yo me sentí completamente feliz ante sus palabras.
—Bien, será genial. Sube. —Asintió y, sin elevar la mirada, se dirigió a la parte del copiloto. Se despidió de sus amigos, al igual que yo, y subió al coche.
En el camino hablamos de lo bien que lo habíamos pasado en la fiesta y de lo divertido que fue todo. Los dos estuvimos de acuerdo en que había que repetirlo. Lo pasamos realmente en grande y ella parecía de lo más animada ante la idea de una nueva fiesta en grupo.
Llegamos más tarde de lo esperado. El tráfico era horroroso y teníamos que detenernos cada segundo.
 
—Al fin hemos llegado. —Dijo ella aliviada cuando apagué el coche. Se bajó con rapidez y esperó a que yo hiciera lo mismo.
—Pasa. —Abrí la puerta y esperé a que se adentrara en el edificio. Encendí las luces del hall y dejé las llaves en el llavero. —Necesito quitarme esto. —Ella me miró mientras yo apartaba la capa del disfraz de mis hombros. Los estiré y dejé la tela en el perchero. Ella se quitó la diadema de cuernos y la sujetó entre sus manos. Me sonrió. —Ven te mostraré la casa. —En un acto inconsciente le tendí mi mano y me sorprendí cuando ella estiró su brazo y entrelazó sus dedos con los míos. Me quedé mirando nuestras manos unidas, deleitándome con la sensación de su cálida y suave piel. Jalé de ella con ternura y la llevé hacia la sala.
 
Recorrimos con paso lento toda la casa. Le mostré cada habitación y le expliqué un poco de cada una. Bella quedó realmente maravillada al ver mi dormitorio. Decía que era un lugar que me representaba completamente. Según ella era muy fácil adivinar que esa habitación era mía, porque estaba llena de rasgos y aspectos que me identificaban. Se sorprendió al ver la gran cantidad de CDs y libros que poseía y la bonita vista que había desde el balcón de mi dormitorio. El cielo estaba completamente estrellado y la luna plateada poseía una perfecta redondez.
Cuando acabamos fuimos hacia la sala con la idea de ver que ponían en la tele a esas horas. Ninguno de los dos tenía sueño y decidimos charlar un momento.
 
Ella se sentó en el sofá de tres plazas que se encontraba enfrente de la televisión y me detuvo cuando yo fui a sentarme en el sillón lateral.
—Ven aquí. —Me sonrió mientras acariciaba un sitio a su lado en el sofá.
—¿Segura? —Pregunté estúpidamente. Deseaba fervientemente estar a su lado. Asintió con una sonrisa y yo, como todo niño bien mandado, me senté a su lado, dejando unos escasos centímetros de separación entre ambos.
Cogí el mando de la televisión y le di al pequeño botón rojo casi por inercia. Me giré para verla y cuando la televisión se encendió unos ruidos muy raros pero conocidos resonaron por toda la sala. Ambos nos sobresaltamos y miramos con horror la pantalla plana.
 
Frente a nosotros se estaba reproduciendo una película porno en todo su explendor. Una chica estaba de rodillas frente a un hombre bastante alto. Miré con atención y ¡dios mío! Ella le estaba lamiendo todo su... Parpadeé con fuerza y fruncí el ceño cuando la escena cambió repentinamente para mostrarlos a ambos sobre una cama… Sobra decir lo que hacían.
—¿Edward? —Preguntó ella con voz rasposa.
—¿Umm…? —No pude apartar mis ojos de la pantalla.
—¿Pu-puedes quitar eso? —Reaccioné ante sus palabras e intenté apretar el botón del mando. Mis manos temblaban por lo que se me cayó al suelo. Ambos quisimos cogerlo y nuestras cabezas se golpearon con fuerza. Sobé la zona afentada y apagué la televisión con velocidad.
—¿Pu-puedo beber agua? —Preguntó después de los minutos que estuvimos en silencio mirando la pantalla completamente negra.
—Claro ven. —Me levanté y me dirigí hacia la cocina, con ella detrás de mí. Le tendí el vaso de agua y no pude evitar pensar en la escena que habíamos visto hace unos minutos cuando observé sus labios humedecidos por el líquido. Una brillante gota resbaló de la comisura de sus labios y descendió por su barbilla hasta morir en su pecho. No pude evitar seguir su trayectoría con mi mirada, quedandome demasiado concentrado en sus pechos. ¡Diablos! Quisiera poder quitarle ese estúpido disfraz, sentarla en la encimera e introducirme en su interior con ansias.
 
—Será mejor que me vaya a domir. —Su voz hizo que me centrara de nuevo y olvidara mis pervertidos pensamientos. Le asentí levemente y quise conducirla hacia la habitación de invitados. Se frenó en seco, casi haciendo que chocara contra su espalda y se giró hacia mí.
—Mierda… —Susurró entre dientes y se golpeó la frente con la palma de la mano.
—¿Qué sucede?
—Es que… Yo… No tengo pijama y… —Maldito karma.
—Puedo dejarte algo para que duermas más cómoda.
—Yo… No quiero molestar.
—No es ninguna molestia. —Por segunda vez sujeté su mano y tiré de ella hacia la planta alta. Rebusqué en mi armario alguna camiseta cómoda.
 
—Creo que esto servirá. —Le tendí la prenda ante su atenta mirada. —Aunque te quedará grande.
—Edward… Déjalo, no te molestes. Será mejor que regrese a casa y…
—Shh, es tan solo una camiseta. No dejaré que regreses sola a casa a estas horas. Ten. —Sacudí la prenda entre mis manos hasta que ella suspiró resignada y la sujetó.
—Gracias pero… —Fruncí el ceño.
—Está bien, sin peros. —Sonreímos al unísono. —Umm… Me cambiaré en, ¿el baño?
—No, hazlo aquí mismo y delante de mí. —Iugh, odiaba mis propios pensamientos pervertidos.
 
—Sí, el baño está bien. —Asintió y se dirigió al baño de mi habitación. Esperé pacientemente sentado en el borde de mi cama. No podía dejar de pensar de ella y en nuestra extraña relación. Mi cabeza era un nido de pájaros. No tenía claro nada en este momento, estaba completamente confuso. Quería una respuesta y aclarar mis sentimientos para con Bella.
Me sobresalté al escuchar la puerta abrirse y maldije por lo bajo ante lo que vi. La camisa le quedaba ancha, pero no lo suficientemente larga. Tan solo llegaba hasta la mitad de sus muslos, dejando ver sus piernas firmes y torneadas. No había ni una pizca de maquillaje en su rostro, y definitivamente me gustó mucho más así. Su pelo estaba enganchado en una desordenada coleta y se había bajado de los altos zapatos de tacón.
 
—Me queda un poco corta pero… Gracias. —Me sonrió y yo me obligué a apartar los ojos de sus piernas. Error. Mi mirada dio directa con sus pechos, haciendo que mi autocontrol se quebrara al ver como se marcaban sus pezones bajo la tela. Respiré hondamente para traquilizarme y le sonreí lo más sinceramente que pude. Sentía mi cuerpo completamente descontrolado.
—Se-será mejor que vaya a dormir. En unas horas planeamos que hacer. —Sus mejillas estaban completamente sonrosadas, y yo me asusté cuando me di cuenta de que se había enterado de que solo me faltó hacerle una radiografía.
—Está bien. Mañana lo planearemos todo.
—Sí. —Sacudió su mano, deseándome buenas noches y se dirigió hacia el cuarto de invitados. Mis ojos se dirigieron directamente a su respingón trasero, solo cubierto por unas pequeñas bragas de encaje rojo.
 
En cuanto cerró mi puerta me dejé caer de espaldas en mi cama, respirando todo lo hondo que mis pulmones me permitieron.
Esto es una jodida mierda. Restregué mi cara con la palma de mis manos en un acto de desesperación. No sabía lo que pasaba dentro de mí, y sentía que si no me aclaraba pronto terminaría enloqueciendo. Solo tenía clara una cosa: la deseaba, como el sediento desea beber agua. Sentía la imperiosa necesidad de tomarla entre mis brazos y poseerla sin control alguno. No soportaba seguir viendo su cuerpo, sus sensuales movimientos, sus carnosos labios y no poder hacer nada. Quería hacerla mía de manera desenfrenada, pero algo dentro de mí me decía que no era solo deseo. ¿Qué pasaría si la tomaba una vez?, ¿y si luego quería más de ella?, ¿y si luego quería algo que ella no estaba dispuesta a darme?
 
—¡Mierda! No puedo seguir así. —Pensé. Quería una maldita solución, porque esta situación se estaba tornando insoportable. Necesitaba saber si el amor estaba metiendo las narices en nuestra “relación”. Nunca había estado tan confundido en mi vida. Todo parecía más complicado de lo normal y yo temía hacer algo que destruyera lo poco que teníamos. Dejaría pasar un poco más el tiempo e intentaría aclarar mis sentimientos antes de hacer alguna locura de la que luego me pudiera arrpentir.
Me quité el estúpido disfraz, me di una fugaz ducha y me metí bajo las sábanas de mi cama. No pude pegar ojo. El saber que ella se encontraba a tan solo unos metros de distancia, durmiendo con una simple camiseta que poco la cubría, no ayudaba para nada a que me pudiera relajar. Tuve que mentalizarme para no levantarme e ir en su busca. Patéticamente me cubrí todo lo que pude con la sábana e intenté dormir.
 
Casi logro controlarme, poco me faltó para cumplir mi promesa, pero no lo logré. Unas pocas horas después, dos quizas, me puse de pie y sigilosamente me acerqué hacia su habitación. La puerta estaba entreabierta y miré por la fina rendija. Su cuerpo descansaba bocarriba en el centro de la cama. Sus piernas estaban enredadas con la sábana y la camiseta se había elavado, mostrando su vientre. Su respiración era tranquila y regular. Estaba profundamente dormida. Me quedé por un largo tiempo observándola dormir, como todo un psicópata. Sonreí al escuchar susurros provenir de sus labios. Me sorprendí al identificar mi nombre entre sus palabras. Nadie me podía quitar la sonrisa de idiota que había en mi cara al imaginar que estaba soñando conmigo. Lanzó un suave gemido y un profundo jadeo, su respiración se entrecortó y salí apresurado del dormitorio, temiendo que se despertara.
 
Cuando regresé a mi cama milagrosamente pude dormir en completa calma y sin despertarme ni una sola vez en la noche.
Abrí los ojos con lentitud, acostumbrándome a la claridad del dormitorio. El reloj de la mesilla de noche marcaba las diez y media. Ne estiré en la cama todo lo que pude y me levanté para dirigirme al baño. Después de asearme bajé a la cocina cuando ya no pude ignorar los gruñidos de mi estómago. Tenía mucha hambre. Según avanzaba un leve murmullo se escuchaba cada vez más cerca. Una imperceptible canción resonaba en la esquina de la cocina, proviniendo de la radio. Olvidé todo cuando la vi, de espaldas a mí, cantando la canción mientras movía sus caderas en un movimiento ipnótico a la vez que freía lo que parecían ser huevos. Me apoyé en el marco de la puerta y me deleité con la imagen que Bella me ofrecía. Sin soportarlo más me vi acercándome con sigilo hacia ella, como si la estara acechado.
 
Una sonrisa traviesa se instaló en mis labios cuando pensé en todas las cosas que podía hacerle sobre la encimera. Me detuve en seco cuando se giró repentinamente y me observó con asombro. Lanzó un pequeño grito de sorpresa y se llevó la mano al pecho.
—Ho-hola Ed-Edward… —Su respiración era entrecortada. Sus mejillas se tiñeron adorablemente al ver lo cerca que me encontraba de ella. —Ops, lamento el espectáculo. —Se señaló. —Ya no tenía sueño y el hambre pudo conmigo. —Se giró hacia la vitrocerámica. —Estoy preparando huevos con beicon. Siéntate, enseguida estarán. —Asentí y me dirigí hacia la mesa, la cual ya estaba perfectamente colocada para dos personas. —Espero que te guste. —Sirvió dos huevos fritos y tres tiras de beicon en mi plato. Después colocó en el suyo un huevo y dos tiras de beicon. Fruncí el ceño.
 
—¿Comerás solo eso? —Asintió mirando su plato. —Hay comida de sobra y las reparticiones no han sido proporcionadas. —Intenté sonreír.
—Así está bien. He tomado café antes. —Se sentó frente a mí después de tenderme una taza de café y ella una taza de té.
—Esto está realmente bueno. —Hablé casi quemándome con el beicon. Ella rió.
—Sí, al menos no se quemaron. —Se llevó el tenedor a los labios con un pedazo de huevo pinchado. Nos enfrascamos en una amena conversación mientras desayunábamos. Me levanté a por más café y agarré unas cuantas magdalenas de la despensa. Parecía un náufrago que no ha comido hace días. Le serví más té a ella.
—¿Quieres? —Le ofrecí dos magdalenas. Me miró con asco. —¿Qué sucede? —Pregunté divertido.
—Odio las magdalenas. —Miró el pequeño bizcocho como si fuera veneno y se cruzó de brazos. Reí ante su comportamiento y negué con la cabeza.
Después de recoger todo fuimos hacia la sala y decidimos ver una película. Nos decantamos por “La cruda realidad”, que extrañamente estaba en mi colección y ni siquiera lo sabía. Reímos con ganas. Era realmente buena. Cuando los créditos finales aparecieron en la pantalla ambos nos quedamos en completo silencio, sin saber bien qué decir o qué hacer.
—Tengo una idea. —Se puso de rodillas en el sofá, mirando en mi dirección, y con una gran sonrisa plasmada en su rostro. No pude evitar desviar la mirada por unos escasos segundos al escote que dejaba mi camiseta.
—¿Cuál? —Pregunté después de centrarme.
—Hemos decidido pasar una tarde entera juntos, y me encanta. —Sus ojos parecieron brillar. —Hace sol, por lo que podemos aprovechar mi piscina. —Esperó mi respuesta.
 
—Me parece genial.
—Si tenías algo más en mente puedes decirlo.
—No, realmente hace calor, por lo que será refrescante.
—Bien. —Dio pequeños brinquitos en el sofá. Cuando quiso volver a hablar el sonido de su móvil acalló sus palabras. Frunció el ceño.
—¿Diga?... Emm… Sí, ¿por qué? Bueno… No sé si… Pero… —Suspiró. —De acuerdo. Tampoco ha sido tanto tiempo. Está bien. A las cinco… Ujumm… Sí, yo también te quiero. —Colgó el teléfono y me miró mordiéndose el labio. —Era Alice y… Alegando que los he tenido muy abandonados, se han apuntado a nuestro plan de la tarde.
 
—Está bien. —Gruñí internamente. Todos mis planes de pasar una amena tarde a su lado desaparecieron como la pólvora.
—Espero que no te moleste.
—No, tranquila. Son tus amigos. —Asintió no muy convencida.
—Bueno… ¿Vamos?
—Sí, deja que me cambie.
—Es verdad. —Se coloró cuando se dio cuenta de que aún llevaba puesta mi camiseta. Ambos subimos hacia la segunda planta y quince minutos después yo ya estaba listo. Cuando bajé las escaleras la vi, de espaldas a mí, mirando las fotos que había en las estanterías de la sala.
 
—Siempre has sido hermoso… —Susurró lo que pareció para ella misma.
—Emm… —No supe que decir. Ella se sobresaltó un poco pero no apartó la mirada de las fotos.
—Tu familia se ve muy feliz y unida. —Dijo señalando un marco en el que salía junto a mis padres en unas navidades, cuando tenía unos seis años.
—La verdad sí. Siempre hemos sido una familia pequeña y muy unida. Soy hijo único, por lo que recibía todos los mimos. Hace mucho que no veo a mis padres. —Ella siguió observando las fotos. Mi edad en ellas oscilaba desde los tres años hasta los quince alternativamente.

—Te envidio Edward… —Pronunció dejándome perplejo.
—¿Qué?, ¿por qué?
—Nunca he tenido una verdadera familia. Mi nana ha ocupado siempre el papel de madre en mi vida.
—Pero… ¿Y tus padres?
—Supongo que no se merecen ser llamados así. Mi madre solo fue mi casa durante los nueve meses que necesité para crearme y mi padre… Bueno él tan solo puso su parte para darme la vida… Y todo fue un error debido a un descuido. —Se voz estaba teñida por la amargura.
 
—¿Qué es lo que ha pasado?, ¿dónde están ellos? —Sentía que mis preguntas solo eran lanzadas por la curiosidad. Estaba estático en mi sitio.
—No lo sé. Llevo tantísimo sin saber de ellos que los estoy olvidando. Aunque jamás podré olvidar como eran. Un par de seres fríos imposibilitados de mostrar cariño. Dos seres superficiales solo preocupados por el dinero. Nunca, desde que tengo uso de razón, han hecho algo por mí. No han tomado el papel que debieron ejercer en mi vida. Me dejaban al cuidado de niñera tras niñera sin preocuparse por lo que realmente me hacía falta. —Su cuerpo se sacudía en fuertes hipidos, su voz se entrecortaba debido a las lágrimas que derramaba. A pesar de lo impresionado que estaba por su confesión, me acerqué a ella y la abracé por detrás, haciéndole sentir mi apoyo.
 
—Ya pequeña, no llores. —Se giró, aún con la mirada baja, y ocultó su rostro en mi pecho, dejando que sus lágrimas fluyeran libremente, dejando su dolor salir al exterior. Acaricié su espalda, intentando hacer que se tranquilizara. —¿Qué es lo que escondes pequeña? Cuéntame todo eso que te atormenta. Podré ayudarte.
—¡No! —Se separó abruptamente de mí. —No puedo, no lo entenderías. Sé que lo intentas, pero son pocos los que han decidido no juzgarme por todo.
—No podría jamás juzgarte. Solo quiero apoyarte. Cuentas con mi apoyo.
—No, no quiero revivir el pasado. —Secó sus lágrimas con furia.
—Pero…
—Por favor, no me pidas eso. No me pidas lo único que no puedo darte. —Me miró con súplica.
 
—Está bien pequeña. No te obligaré a recordar. Sabes que tienes mi apoyo y que podrás decírmelo cuando te sientas preparada. —Me acerqué a ella y tomé su rostro entre mis manos. —Estaré ahí para ti siempre que quieras. —Limpié el rastro de sus lágrimas. —Porque eres lo más especial que tengo. Eres la pieza más importante de mi mundo. —Acerqué mi rostro al suyo, sintiendo su alocada respiración chocar en mi rostro. La miré por unos segundos, apreciando la expectación, sorpresa y nerviosismo en sus ojos. Bajé lentamente mi cabeza, casi rozando sus labios. Nuestras bocas se tocaron muy superficialmente. Acaricié sus mejillas con ternura y cuando quise aplastar del todo mis labios contra los suyos una melodía resonó, sobresaltándonos, y haciendo que nos separáramos automáticamente. 
 
—Mierda… —Siseé entre dientes. Ella se alejó de mí como si tuviera una enfermedad contagiosa y se llevó las manos hacia el rostro. Restregó sus ojos y negó con vehemencia. Apretó algún botón de su móvil y este dejó de sonar. Cogió aire profundamente y elevó la mirada hacia mí con miedo.
—A-Alice dice que llegarán un poco más tarde. Se-será mejor que nos vayamos. —No me dio tiempo a contestar, antes de que pudiera asimilar sus palabras ella se dio media vuelta y desapareció por la puerta de la entrada. En ese momento, con toda la frustración acumulándose en cada vena de mi cuerpo, quise golpear lo que tuviera más cerca. Jalé de mis cabellos con desesperación y respiré hondamente para tranquilizarme.

—Maldita enana inoportuna. —Siseé entre dientes, sintiéndome demasiado hundido en la miseria.
Volví a coger aire, agarré mis cosas, las llaves de casa y del coche y salí también a la calle. Ella se encontraba apoyada en la puerta del copiloto del volvo. Se mordía con fuerza los labios mientras negaba con la cabeza y susurraba algo parecido a:
—Tonta y mil veces tonta. Solo fue un error, si lo haces se dará cuenta de todo y te odiará…
Fruncí el ceño y aunque quise preguntar ella se dio cuenta de mi presencia, intentó sonreír y me indicó el coche para que le quitara el seguro. Apreté el botón del mando por inercia y ella montó con rapidez. ¿Qué había sido eso? Decidí no preguntar.
 
En cuanto llegamos entramos directamente por la puerta del patio exterior. Aparqué el coche y en cuanto bajé divisé, unos metros más allá, la piscina.
—Puedes cambiarte ahí. —Señaló los baños. —Yo iré arriba a prepararme. Bajo enseguida. —Asentí y sin decir nada me dirigí hacia donde ella me indicó. Me puse el bañador en piloto automático, sintiéndome aún perturbado por lo que acababa de escuchar. ¿Por qué razón iba yo a odiarla? Decidí no cavar más en el mismo agujero. Todo se descubriría a su debido tiempo y cuando ella se sintiera del todo bien para contármelo sin ninguna barrera.
Salí, solo con el bañador puesto, y me acerqué al bordillo de la piscina. Cuando menos lo esperé, y sin poder evitarlo, me vi dentro del agua.
 
Emergí rápidamente y cuando logré apartar el agua de mis ojos la vi, cerca del bordillo, agarrando su estómago por la risa. Me quedé embelesado en su figura unos minutos. Mi aturdimiento fue más que notorio, porque no pude evitar posar mi mirada en su cuerpo, tan solo cubierto por un pequeño bikini rojo. Cuando logré centrarme me apoyé en el bordillo y sonreí al ver que no podía dejar de reír.
—¿Quieres jugar? —
La reté. Me miró riéndose aún. —Pues jugaremos. —Subí rápidamente por el bordillo. Cuando se dio cuenta de mis intenciones salió corriendo, pero no lo suficientemente deprisa, por lo que la agarré sin mucho esfuerzo. Sujeté su cintura y detuve su carrera.
 
—No Edward, no. —Me miró mientras hacía un lindo puchero. —No lo hagas por favor…
—Tú empezaste el juego… —Quiso protestar, pero antes de que dijera nada, elevé su cuerpo y me lancé al agua con ella entre mis brazos. Cuando emergimos ambos lo hicimos riendo a carcajada limpia.
—Eres un vengativo. —Ella echó agua en mi rostro mientras sonreía.
—Tan solo continué con tu juego. —Sin saber por qué llevé mi mano hacia su cadera y la atraje hacia mí. Enredé mi brazo alrededor de su cuerpo y la apegué al mío. Se acercó hacia mi oído con una sonrisa coqueta.
—El juego aún no ha terminado. —Echó una gran cantidad de agua en mi rostro, haciendo que la soltara. Ella se separó de mí y nadó en dirección contraria.
 
Cuando logré centrarme nadé detrás de ella y la perseguí por toda la piscina. Era una buena nadadora, bastante rápida, pero que se acorralaba ella sola. Llegó al final y no supo como escapar. Yo me fui acercando, hasta que su espalda chocó contra las baldosas azules. Me faltaban tan solo unos pasos para llegar hacia ella. Intentó escapar sumergiéndose, pero yo fui más rápido y agarré su brazo. Jalé de ella hacia atrás y su cuerpo impactó contra el mío. Apartó el pelo de su rostro y sin darse cuenta de acercó más hacia mí. Miré sus ojos, después su húmedos labios y sentí que ya no podía soportarlo más. Elevé levemente su cuerpo utilizando mi brazo situado alrededor de su cadera y bajé la cabeza. Ella se acercó, buscando mis labios. No alargué más el momento y, sin mirar atrás, besé sus dulce boca entreabierta.
 
Nuestros labios comenzaron a moverse. Primero lentamente, probando, degustando. Poco a poco el simple roce fue creciendo, hasta que nuestros labios quedaron completamente unidos. Probé su sabor, sintiendo como una especie de frenesí bullía en mis venas. Lo quería todo de ella. Necesitaba todo de ella. Apreté su cadera, acercándola más hacia mí, no dejado separación entre nuestros cuerpos. Ella jadeó, permitiendo que mi lengua acariciara la suya. Enredó sus dedos en mi empapado pelo y continuó moviendo sus labios al ritmo de los míos.
—Ed-Edward… —Susurró. Me separé con lentitud de su boca, y busqué su mirada con miedo, creyendo que se arrepentiría.
—Yo… —La disculpa que quise decir se quedó en la mitad de mi garganta cuando ella acercó mi rostro al suyo y unió nuevamente nuestras bocas.
 
No puedo decir a ciencia cierta cuanto tiempo pasó. Quizá fueron segundos o minutos, no me importó. Mi mente estaba completamente nublada por su esencia. No podía pensar nada coherente, tan solo quería seguir besándola indefinidamente, sabiendo que hacerlo se convirtió desde el primer momento en una de mis mayores aficiones.
Nos separamos por falta de aire. Nuestros cuerpos se sacudían con violencia y nuestros pulmones buscan aire desesperadamente. Le sonreí, alegrándome al recibir otra sonrisa de su parte. Enredé mis dos brazos a su alrededor y la pegué hacia mí. Quise volver a besarla, pero me vi obligado a detenerme.
 
—¡Tórtolos! —La estruendosa voz de quien reconocí como Emmet nos hizo sobresaltarnos y separarnos en milésimas de segundos.
—Hola. —Todos aparecieron frente a nosotros, vestidos informalmente y con claras prendas playeras. Salimos del agua y saludamos a todos. Saludar a Emmet fue un momento incómodo. No sabía si él había visto algo al ser el primero en aparecer, pero si lo había hecho estaba seguro de que sería una tumba, aunque eso no incluía que no gastara alguna broma sobre nosotros.
 
Nos colocamos en las tumbonas y ayudé a Bella a servir los vasos rebosantes de fríos refrescos. Cuando estuvimos solos en la cocina no dijimos nada, supongo que ambos intentábamos asimilar lo que acababa de pasar. Aun no sabía por qué la había besado, solo sentía la imperiosa necesidad dentro de mí de hacerlo nuevamente. Desde ese momento todo entre nosotros cambió, confundiéndome más de lo que ya estaba. Tendría que hablar con ella sobre nosotros, porque me desesperaba no poder encontrar un término fijo para ambos. La apreciaba, necesitaba verla cada día y estar junto a ella, ¿se podría definir eso como amor?
Salió precipitadamente y poco pudimos hablar después. Nos entretuvimos hablando, jugando y nadando entre todos por alrededor de dos horas.
 
Cada uno ocupaba una tumbona frente a la piscina. Estábamos exhaustos después de nadar por tanto tiempo. Nos quedamos en completo silencio cuando un sonido provino del interior de la casa y Bella salió disparada en su busca. Nos miramos perplejos, no entendiendo nada de lo que sucedía. Al cabo de unos pocos minutos regresó de nuevo, secando con una toalla su cabello con energía. Se había cambiado de ropa. 
—Tengo que irme. —Dejó la toalla en su tumbona. —Un coche ha atropellado a un pastor alemán y está grave. Estáis en vuestra casa, nos veremos otro día. Adiós. —Antes de que pudieramos decir nada más salió corriendo nuevamente y no tardamos en escuchar el sonido de un coche y como la portón se cerraba.
 
—Esperemos que todo salga bien. —Susurró Rosalie.
—Es raro que no haya dicho si necesita mi ayuda. —Habló Alice.
—Podrá hacerse cargo ella sola.
—No lo creo Emmet. Será mejor que vaya a buscarla.
—Hey, no creo que haga falta. Te lo habría dicho de ser así.
—Pero…
—Emmet tiene razón Ali, sabes que ella podrá sola. Además en la clínica está Elliot haciendo el turno de guardia. —Alice suspiró resignada. Todos volvieron a lo que estaban haciendo, excepto yo. No me había quedado tranquilo, por lo que dejaría un tiempo prudente y después iría a verla.
 
Estuvimos un tiempo más tomando bebidas y nadando. Al parecer empezaban a cansarse porque media hora más tarde estaban recogiendo sus cosas listos para marcharse. Yo hice lo mismo. Me quité el bañador y me coloqué la ropa de antes. Después me despedí de todos en la entrada de la casa y monté en mi coche. No les había dicho nada de mis planes, pero en cuanto la casa se salió de mi campo visual tomé el primer desvío y me dirigí hacia la clínica. Casi una hora después aparqué unos metros más allá de la clínica. Delante de mi coche habían otros tres. Uno blanco, otro negro y uno de policía. Me alarmé en ese momento y bajé con rapidez. Caminé despistado, pensando en qué es lo que sucedía para que la policía estuviera ahí.
 
No miraba nada en concreto, tan solo caminaba por inercia pensando en Bella. Estaba cerca de la entrada, pero choqué contra alguien que me hizo volver a la realidad. Parpadeé con rapidez y quise pedir perdón para poder seguir con mi camino, pero un grito profundo me lo impidió. Centré mi mirada, y me quedé estático en mi sitio.
—¿Sophie? —Pregunté sin poder creérmelo. Ella pareció poder recuperar su respiración.
—¿Te acuerdas de mi nombre? —Preguntó con sarcasmo. Su mirada irradiaba furia en estado puro.
—Yo…
—Vaya… ¿Qué pasó?, ¿te quedaste sin palabras? —Vi sus manos temblar, y supe que tan solo fingía tenerlo todo controlado.
 
—Di algo maldita sea. —Sentí como poco a poco empezó a perder el control.
—No imaginé volver a verte. —Me sentí estúpido al decir eso.
—Quizá tu enorme ego te impedía ver más allá de tus narices. Quizá pensabas que jamás me repondría de todo y que pudiera estar bien a pesar del día que es. —La miré con duda. —Veo que hasta lo has olvidado. Hoy hace un año que decidiste dejarme porque “te aburrías de la vida que tenías”. —Hizo las comillas con sus dedos. Ni siquiera había caído en cuenta de que ya había pasado un año.
—Respecto a eso…
—¿Qué?, ¿ahora te arrepientes de lo que dijiste? Déjame decirte que no me lo creo. —Se cruzó de brazos y me miró desafiante.
 
—Las cosas no fueron como piensas. Yo… En realidad…
—¿Saldrás con excusas ahora?
—Solo intento explicarte todo.
—Las explicaciones llegan un poco tarde. ¿Qué pasó?, ¿te bajaste de tu nube de orgullo y poder?
—No todo es como parece yo solo…
—No me importa lo que tengas que decirme. No creeré nada que venga de ti. No hubiera querido volver a encontrarte jamás, pero parece que el mundo es más pequeño de lo que creía. Después de un año la herida está demasiado reciente, y es una mierda. Por lo que olvídate de esto y déjame tranquila. —Se giró en la dirección contraria.
 
—Espera. —Avancé hacia ella y agarré su muñeca. Se paró inmediatamente.
—Suéltame. —Pronunció al girarse nuevamente.
—No puedes irte así.
—¿Y qué más da? No te importó como quedé hace un año.
—No lo hice a propósito.
—Te dije que tus excusas no me interesan. Déjame y haré como que jamás pasó esto.
—Pero no quiero que esto se quede así. Sé que fui duro y no lo merecías, pero de verdad, no fue porque yo lo quisiera.
—No puedo creerte nada, porque sé que eres un perfecto mentiroso. —Se soltó bruscamente de mi agarre.
 
—Espera un momento. —Intenté de nuevo detenerla.
—¿Qué es lo que no te quedó claro? No quiero saber nada más de ti.
—Pero…
—Si te hace más feliz saber que todo lo que hiciste no me jodió completamente ya lo sabes. Olvídalo, yo ya superé esa etapa. —Se giró y estúpidamente volví a agarrar su brazo. No sabía el por qué de mi reacción. Solo sentía que ella merecía una explicación.
—Sophie…
—¡Suéltame! —Chilló fuertemente. —¡Olvídame y déjame en paz ya! —El tono de su voz fue igualmente alto.
—¿Edward? —Me giré, aún con el brazo de Sophie entre mis manos, al escuchar la voz de Bella. Algo en su mirada me dijo que se avecinaban problemas.

 

 

¡Hello People! :)
Sé que siempre estoy pidiendo perdón por tardar tanto en actualizar. Pero ahora sí no es una excusa barata. Mi vida es un verdadero caos en este momento. Las he mantenido informadas a través de mi face, por eso es importante que me agreguen para que puedan estar al tanto de todo si así lo desean.
 

Espero que al menos la espera merezca la pena y que les guste el capítulo. Ya ven, al fin se dieron el primero beso. ¡Viva! Jajaja. Esta es la primera parte de este capítulo y creo que les dejé una buena ración de intriga. No me quieran matar por esto xD.
Espero sus comentarios y opiniones más sinceras.
Kisses.
By: Crazy Cullen.

 

2 comentarios:

  1. OOOOOH POR FIN...!!!
    EL BESO!!! OH DIOS MIO!!
    Es simplemente perfecto!!
    Me has dejado otra vez con la intriga ¬¬ que mala eres
    jejeje
    Me ha gustado mucho, en serio, sigue así, estoy super enganchada a tu historia :)
    Besos..!

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  2. Primer beso, wow, y eso de la peli porno, jajajaj, me rei de lo lindo, y de su baile haciendo la tortilla, jajajaj, la verdad es que siempre me sorpresndes, ajajjaja
    y lo de la colchoneta, muy bueno, peeeero hay una cosa que me deja que me muero, ¿quien esa persona que ella no quiere ver?
    mal rollo, muy mal rollo que me da
    besos mi princesa
    ya sabes que te adoro
    Irene

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