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La historia "La razón de mi existencia" está siendo modificada. Estoy corriguiendo faltas ortográficas y argumento. Hay 19 capítulos corregidos. Disculpen las molestias :)

sábado, 11 de diciembre de 2010

Capítulo 12: Corazón al descubierto


Capítulo 12: Corazón al descubierto

Pov Edward:

“Tengo el jefe más insoportable del mundo.”  Fue lo primero que pensé nada más despertarme al día siguiente. Eran las once de la mañana, había dormido bien pero aún seguía sintiéndome extremadamente cansado. Me obligué a ponerme de pie y meterme a la ducha antes de que la pereza me ganara y me quedara un par de horas más dentro de la cama. Si me quedaba más tiempo durmiendo se me iría toda la mañana y sería otro día perdido sin haber podido saber nada de Bella, situación que me preocupaba mucho.


Después de haber llegado del viaje mi primer pensamiento fue ir a su casa a verla, cosa que no pude hacer por haber llegado prácticamente de madrugada y con la energía completamente gastada. El lunes pasé por su casa y para mi mala suerte ella no estaba ahí, pero al menos la conversación que tuve con su nana me dio más esperanzas de las que tenía en un principio.
Después planeé pasar por la clínica por la tarde, pero cuando ya estaba saliendo hacia allá recibí una llamada de Carlo, pidiéndome que me pasara por la oficina para arreglar los últimos trámites del acuerdo en Berlín. No pude negarme, por lo que pasé con él toda la tarde del que se suponía era mi día libre.


Llegué a casa a la medianoche, con un fuerte dolor de cabeza que sólo me permitió llegar hasta mi cama para poder dormir cómodamente.
Hoy no habría nada que me impidiera saber de Bella. Carlo me había prometido dejarme el día de hoy completamente libre y sin interrupciones de su parte, por lo que esperaba tenerlo entero para mí.
Cuando el reloj marcaba las doce de la mañana monté en mi coche y fui directamente a la clínica de Bella, cruzando los dedos durante todo el camino para que no sucediera nada que me impidiera verla.


Me dirigí hacia el mostrador vacío nada más entrar y me topé con una chica joven, de aproximadamente unos veintidós años, que me miró de arriba abajo y que abrió el escote de su blusa de una manera totalmente descarada.
—Buenos días, ¿se encuentra Isabella Swan?
—Buenos días. —Suspiró exasperantemente lento. —Sí, se encuentra en su oficina. ¿Quiere que le avise?
—No gracias, iré yo mismo.
—De acuerdo…
—Edward.
—De acuerdo Edward… —Susurró mientras me guiñaba un ojo. En ese momento sólo pude acordarme de la primera vez que vi a Bella, la cual se puso extremadamente colorada y nerviosa.


—Gracias.
—Cuando quieras. —Sacudió su mano y yo hice lo mismo, más por educación que por ganas. Mientras me dirigía por el pasillo que me conduciría a su oficina sentía los ojos de la recepcionista fijados en mí, analizando cada parte de mi cuerpo. Caminé más de prisa y suspiré con alivio cuando giré por el pasillo y di con su puerta.
Mi mano temblaba mientras golpeaba la puerta. Escuché un simple “pase” y, olvidándome de todos mis miedos, entré sin pensármelo dos veces. Mi corazón se detuvo al verla, después de una larga semana, completamente bien y tan hermosa como siempre.


—Bella… —La llamé al ver que ella no me había dirigido ni siquiera una mirada. Se me hizo un nudo en la garganta. Me sorprendí al ver su bolígrafo caer y como su cuerpo se tensaba completamente.
Me desesperé cuando su mirada subió por mi anatomía a cámara lenta hasta fijarse, por fin, en mis ojos.
Volví a llamarla, extrañándome de su nerviosismo. A pesar de que nuestras miradas estaban enfrentadas la suya parecía estar a años luz de donde nos encontrábamos.
Necesitaba asegurarme de que estuviera bien, de que no le hubiera pasado nada o de que, inconscientemente, hubiera hecho algo que la hubiera enfadado y distanciado de mí.


La noté esquiva mientras hablaba conmigo, y el hecho de que me dijera que tenía mucho trabajo me confirmó que no me quería allí y que deseaba deshacerse de mí lo antes posible. El nudo de mi garganta se hizo el doble de grande. Su voz fría y sin vida me erizó la piel.
—Llevo una semana entera intentando contactar contigo con nulos resultados. Te he llamado a todas horas y no has contestado a mis llamadas. ¿Ha sucedido algo? —Pregunté, aliviado de que no me hubiera echado de su oficina.
—No. He estado con muchísimo trabajo encima. Realmente olvidé mi móvil por algún rincón de casa. —Noté su mentira al instante. 


—Toda esta semana he pensado que estabas enferma o que te había sucedido algo grave. No podía esperar más para saber de ti.
—Estoy bien Edward, gracias.
—No me lo creo.
—¿Qué es lo que no te crees?
—Ha pasado algo durante esta semana, lo sé. ¿Hice algo mal?
—¡No! —Negué con velocidad. —¿Por qué piensas algo así?
Apreté los puños con fuerza y suspiré hondamente. Necesitaba controlarme para no gritarle en ese mismo momento que odiaba la situación tan tensa y distante en la que nos encontrábamos, además de querer decirle de una vez que la necesitaba a mi lado como mucho más que mi amiga.


—He creído durante toda la semana que te había sucedido algo, que yo había hecho algo malo que hizo que te distanciaras de mí.
—Todo está bien, Edward.
—No, no lo está. Yo creí… al menos quise creer que… —Me trabé con mis propias palabras por los nervios, la desesperación y la incredulidad.
—¿Has creído qué…?
—Tuve que viajar por trabajo esta semana y ha sido una completa agonía no saber nada de ti… Pensé… pensé que al menos te preocuparía no saber nada de mí… Dios Bella… te he extrañado tanto… —Me acerqué a ella a la vez que se ponía de pie y envolví su cuerpo en un abrazo inquebrantable. 


Me vi obligado a separarme de ella cuando sentí que nuestro abrazo de alargaba más de lo políticamente correcto. Aún así no me alejé de ella y sostuve su mano entre las mías. Me miró un tanto incrédula y me paralicé al ver su rostro. Sus ojos empezaron a aguarse y su mirada se entristeció. Me quedé mirando fijamente su rostro y detecté algo que antes no había visto. Tenía unas pronunciadas ojeras que reflejaban cansancio y pocas horas de sueño.
—¿Qué ha pasado? —Acaricié sus mejillas y sus ojeras con mis pulgares.
—Na-nada… sólo… tú sabes… el trabajo… —Intentó sonreír pero sus labios a penas se curvaron.
—Puedes decírmelo, confía en mí. —Intenté volver a abrazarla, pero ella automáticamente se echó para atrás, haciendo que me frenara en seco y que mi corazón se paralizara.


—¿Qué… qué querías Edward? —Su voz fue entrecortada debido al nerviosismo. Algo iba muy mal, lo sabía. No supe qué contestarle en ese momento. Mi mente se quedó en blanco por estar pensando en qué pude haber hecho para que ella estuviera como dolida y distante.
—¿Querías algo en particular? —Empezaba a odiar el tono de su voz, tan desdeñoso y cortante.
—Quiero saber si todo va bien… Si nosotros…
—Todo va bien. —Contestó rápidamente interrumpiendo mis palabras.
—No lo parece. —Por instinto mi mano se estiró buscando la suya. Fruncí el ceño en concentración cuando nuestras manos se juntaron y la suya a penas y quería rozarme.


—¿Dónde ha sido el viaje? —Preguntó cambiando abruptamente de tema.
—En Berlín.
—¿Ha que has tenido que ir?
—Negocios. Una empresa que se interesó en asociarse con nosotros.
—¿Has estado toda esta semana allí?
—Sí, llegué el domingo por la noche.
—Oh… Yo pensé que tú… —Sus mejillas se tiñeron de un rojo profundo.
—¿Qué?
—Eh… Nada no tiene importancia. —Desvió su mirada.
—Mírame. —Sujeté su barbilla. —¿Qué has creído?


Mordisqueó sus labios, haciendo que mi mente se llenara del recuerdo del sabor de su boca.
—Creí que te habías tomado unas vacaciones.
—¿Por qué?
—No lo sé… Simplemente… Déjalo, no tiene importancia.
Miré fijamente sus ojos, escrutándola con mi mirada.
—¿Has estado llorando? —Pregunté al notar sus ojos enrojecidos.
—No… Claro que no… —Sonrió.
—Puedes contarme todo lo que te preocupe. Por favor, confía en mí.
—Lo hago, por supuesto que lo hago. Sólo que han sido unos días bastante estresantes y he dormido poco. —Asentí y acaricié sus mejillas.


—Tienes que descansar.
—Lo haré.
—No quiero que enfermes.
—Estoy acostumbrada a esto, de verdad. No tiene importancia.
—Si necesitas algo… ¿Prometes que me lo dirás?
—De acuerdo.
—No quiero perderte Bella.
—Oh… N-no lo harás…
—Eres muy importante para mí. —Sin poder evitarlo volví a rodear su cuerpo con mis brazos y la estreché contra mi pecho. Absorbí el aroma de su cabello.
—Gra-gracias… —Agarró mi camisa con sus manos, apoyó su frente en mi pecho y comenzó a sollozar. Pasé mi mano por su espalda de forma consoladora y la apreté más contra mí, sintiéndome impotente.


—Edward… —Susurró entre sollozos.
—Bella… Bella por favor, dime qué sucede.
—Edward… Yo… —Sentí sus lágrimas mojar mi camiseta y como su cuerpo se sacudía por el llanto.
—¿Si cariño?
—Soy demasiado débil… —Pronunció bajito. Sus brazos se aferraron con fuerza a mi espalda.
—¿Por qué piensas eso?
—¿Me prometes que no te alejarás, que pase lo que pase, estés con quien estés, seguirás junto a mí?
—Claro que sí cariño, siempre. —Besé el tope de su cabeza.


De un momento a otro se tensó, lo que provocó que se separara de mi cuerpo. Desenrollé mis brazos de su cuerpo y ella se giró rápidamente, dándome la espalda mientras limpiaba su rostro.
—Soy una estúpida. —Musitó.
—No Bella, claro que no. ¿Por qué dices eso?
—No tiene importancia… No quiero atormentarte con mis tontos problemas.
—Tú me importas Bella y todo lo relacionado contigo me preocupa. —Se giró de nuevo pero desvió su mirada.
—Tú también me importas, y por eso no te quiero llenar la cabeza de ideas  absurdas. —La miré reprobatoriamente e intentó sonreírme.
Miró su reloj y frunció el ceño.


—Está bien. Si decides contármelos yo estaré encantado de ayudarte. Sólo quiero que tú estés bien.
—Gracias.
—Será mejor que me vaya ya. —Anuncié sin ganas.
—Es-espera.
—Dime.
—El sábado es mi cumpleaños. Haré una cena en casa, si quieres ir estás invitado.
—Claro no lo dudes.
—Genial. Es a las nueve y media.
—De acuerdo. Estaré ahí puntual.
Sonreí a la par que ella y, aunque me tenía que ir, me sentía muy reticente de hacerlo. Quería estar con ella, volver a abrazarla y ser el hombre al que entregara su corazón y su confianza.


Quise decirle todo en ese momento. Quise confesarle que la amaba, que ella era todo para mí y que la necesitaba tanto como el aire para respirar. Deseé poder contárselo todo, o al menos darle una pista concluyente para que, con un poco de intuición, lograra darse cuenta al fin de que estábamos perdiendo el tiempo como amigos, que nosotros habíamos nacido para estar juntos para siempre.
Mis labios se entreabrieron, preparados para confesarle todo, pero en ese momento ella mordisqueó los suyos en un acto que yo sabía era de nerviosismo, pero que para mí significaba anhelo, deseo y tentación.
Mi mente se nubló completamente. Todo desapreció a mi alrededor, y como si se tratara de un imán me acerqué a ella y sujeté sus mejillas entre mis manos.


Su respiración se entrecortó, y yo me alegré de saber que ella se sentía tan nerviosa y anhelante como yo. Su mirada quiso decirme que no, que no lo hiciera, pero más allá de su barrera pude ver la chispa de emoción que me trasmitían sus ojos chocolate.
Acaricié su piel, suave y tersa, y me acerqué un poco más a su rostro. Mis labios prácticamente rozando los suyos, alcanzando el fruto prohibido. Entreabrí mis labios para poder abarcar los suyos, los rocé, sentí su tacto suave y cálido. Nuestros ojos mirándose fijamente, trasmitiéndonos todo sin necesidad de las palabras. Acaricié su rostro y lamí su boca con la mía, con completa veneración. Nuestros ojos se cerraron y nuestros cuerpos se juntaron automáticamente mientras se mezclaban nuestros alientos…
—¡Doctora Swan, tenemos una urgencia!


La puerta se abrió abruptamente, sobresaltándonos y haciendo que nos separáramos en milésimas de segundo.
—Voy ahora mismo, gracias Jimmy.
El muchacho asintió y se fue tan rápido como había entrado, ni siquiera se disculpó o me dirigió una mirada. Corrió pasillo afuera.
—Tengo que irme, lo siento.
—Ya veo… Nos veremos en sábado. —Mi voz era de total fastidio.
—De acuerdo. Te estaré esperando. —Sonrió.
Di un rápido beso en su mejilla y salí a la vez que la escuchaba correr en la dirección contraria a la mía.
Suspiré con hastío y me juré, en ese mismo momento, que la situación que teníamos no se alargaría más. El sábado, en su cumpleaños, le diría todo sí o sí.



*-* ~.~.~.~.~.~.~.~.~.~.~.~.~ *-*


La semana pasó velozmente. El trabajo me absorbió tanto que cuando menos me di cuenta ya el sábado había llegado  y yo, sin razón aparente, me sentía más nervioso e impaciente que nunca. Como si fuera una quinceañera que se va a encontrar con su novio de turno.
Realmente me sentí una quinceañera cuando me probé más ropa de la que creía tener y me miré durante más tiempo del que me gustaría aceptar frente al espejo para ver si me sentaba bien. Finalmente, y después de centrarme en lo realmente importante, elegí unos vaqueros marrón claro algo ajustados, una camiseta blanca a rayas negras y por encima una camisa a cuadros blancos con azul glauco y, finalmente, me decanté por una chaqueta de cuero azul prusia, además de unos mocasines gris pálido. 




Después de terminar de arreglarme y de asegurarme de que todo quedara perfecto me dirigí al coche cuando el reloj marcaba las nueve y cinco de la noche. No tardaría más de veinte minutos si no pillaba tráfico, por lo que llegaría puntual.
Mi mano temblaba de manera escandalizante cuando toqué el timbre. Deseé que fuera ella la que me abriera, por lo que me desilusioné un poco al ver el rostro de su mayordomo.
—Buenas noches joven, pase, lo están esperando.
—Buenas noches, gracias. —El mayordomo asintió y me permitió el pase.
Nada más entrar me indicó hacia donde tenía que dirigirme después de haber cogido el regalo que portaba en las manos.


—¡Edward! —Chilló Alice nada más verme, haciendo que me sintiera un poco más nervioso después de haber visto que estaban todos los amigos de Bella menos ella. La busqué fugazmente con la mirada y después me centré en Alice que no paraba de llamarme.
—Hola. —Saludé a Emmet y Jasper con un apretón de manos y a Rosalie y Alice con un beso en la mejilla. Me recibieron más cálidamente de lo que hubiera imaginado en un principio.
—Bella bajará enseguida. —Informó Rosalie.
—¿Ha sucedido algo?
—No, ha tenido una emergencia en la clínica. Ya sabes, es incapaz de negarse a nada.
—Lo sé. —Sonreí y me senté en el primer sitio que vi libre.




La conversación que estábamos teniendo se cortó en cuanto escuchamos el tintineo de unos zapatos de tacón. Elevé la mirada y mis ojos se quedaron prendados de la silueta de Bella, la cual estaba infundada en un bonito, corto y ceñido vestido azul marino, decorado con franjas de encaje y lentejuelas del mismo color. El vestido sólo poseía una manga, la cual era igual de encaje y cubría su brazo izquierdo hasta la muñeca. Portaba unas sandalias brillantes que la elevaban al menos unos diez centímetros. Se veía exquisita ante mis ojos, completamente hermosa y arrebatadora. 
Sonrió con delicadeza y entusiasmo, haciendo que se viera mucho más hermosa y provocando una completa agonía en mí.  


—¡Feliz cumpleaños! —Gritamos todos al unísono, haciendo que ella se colorara levemente y que sonriera con más ganas.
Se acercó a la mesa que ocupábamos y fue saludándonos uno a uno. Para mi desgracia yo fui el último en su lista.  Me puse de pie automáticamente y, confundido por no saber bien qué hacer, terminamos haciendo un extraño movimiento de cabezas, que finalmente culminó en un beso, para mi pesar, en la mejilla. Rocé, lo más disimuladamente posible, su mano y susurré un suave “estás preciosa” cerca de su oído, ganándome un profundo sonrojo y una radiante sonrisa que contesté con un guiño.


La fiesta trascurrió envuelta en un ambiente ameno y divertido. Picoteamos unos ricos entrantes compuestos por canapés y tartaletas salados y algunos, en su minoría, dulces. Todos estuvieron sabrosos, mis favoritos fueron los de bechamel y maíz dulce. Su nana cocinaba realmente exquisito. Después su mayordomo, que para asombro de todos se convirtió también en barman, nos sirvió cócteles variados y con diferentes grados de alcohol. No bebimos demasiado, no de momento, pues preferimos pasar la fiesta en completa sobriedad y tranquilidad.
Nuestras risas se escuchaban por toda la casa, avivadas por las bromas de Emmet. Mi estómago dolía tanto que me costaba mantener la respiración.


Sobre la media noche apareció la nana de Bella con un carrito metálico sobre el que portaba una tarta recubierta de fondant blanco, decorada con tres rosas además de pepitas de chocolate, y en las que estaban clavadas unas velas rojas con forma de números, formando el veinticinco.
Bella se colocó en el centro y todos en el lado opuesto al de ella mientras cantábamos la típica canción del cumpleaños y silbábamos y aplaudíamos cuando sopló las velas. 
Después Alice lanzó un estruendoso grito diciendo “¡regalos!”  y su nana fue a por otro carro que portaba, en este caso, los regalos que habíamos traído todos. 


—Este es el nuestro. —Rosalie tomó de la mano a Emmet y juntos le entregaron una delicada cajita de terciopelo envuelta en un gran lazo rosa. Bella lo abrió impaciente mientras sonreía.
—Ohh… son preciosos. —Nos enseñó el contenido de la caja, la cual poseía una linda pulsera formada por corazones con el centro de cristal y un colgante en forma de corazón de cristal rodeado por una tira en espiral de brillantes. —Muchas gracias. —Los abrazó y les dio un beso.
Después recibió una gran bolsa de papel que resguardaba una caja de gran tamaño, cortesía de Alice y Jasper.
—Espero que te guste. —Le dijo ella, a lo que Bella asintió y sonrió.


—¡Alice, los has encontrado! —Gritó en cuanto abrió la caja, la cual contenía un par de zapatos de tacón.
—No ha sido fácil pero a mí no se me resiste nada.
—Son tan preciosos como los recordaba. —Los abrazó igualmente, aunque todos sabíamos que el trabajo de encontrar los zapatos había sido cosa de Alice. —Pero, ¿cómo lo has conseguido? Estaban fuera de temporada.
—Lo sé, pero tengo mis contactos. —Todos reímos y ellas dos empezaron a dar saltitos de alegría. En fin, las mujeres y las compras.
—Este es mío y de Rosalie. —Dijo Alice mientras le entregaba un paquete de gran tamaño, de color negro y envuelto con un lazo rojo. 


—¿Más?
—Shh… No protestes y ábrelo.
—Está bien. —Desató el lazo y, sin destapar del todo la caja, miró a sus dos amigas y las asesinó con la mirada.
—¡Os voy a matar! —Bramó, pero sus amigas sólo rieron pícaramente.
—¿Qué es? —Preguntó Emmet tan intrigado como nosotros.
—Esto es vergonzoso.
—Muéstraselo, no es nada del otro mundo. —Bella se mantuvo quieta por unos segundos, sopesando la situación, y finalmente decidió mostrarnos el contenido de la caja.
Nunca nadie debió de haber preguntado por él, porque sólo provocó que mi corazón se paralizara.


Bella sacó el contenido con manos temblorosas, nada más ver lo que había entre sus manos mi saliva se atascó en mi garganta. Era un diminuto camisón negro, de escasa longitud que terminaba en una tira de encaje. La tela era prácticamente transparente y en la zona de los pechos también tenía encaje, que sólo llegaría hasta la mitad, y una especie de tiras que cerraban el atuendo amarrándose en su espalda. Esa prenda sólo se podía tachar de sexy y pecaminosa, absolutamente pecaminosa. Todos enmudaron al ver la prenda. Rosalie y Alice reían triunfantes, Emmet tenía una pícara y divertida sonrisa plasmada en su rostro, Jasper estaba un poco expectante y yo simplemente me había quedado paralizado en mi sitio, imaginándome a Bella enfundada en esa diminuta prenda casi transparente, provocando que mi lívido aumentara instantáneamente y que notara mi entrepierna crecer con molestia. 


—Estáis completamente locas. Yo no necesito esto. —Bella intentó sonar molesta, pero Rosalie y Alice no se vieron afectadas para nada. —Por si hace falta que os lo recuerde, ¡yo vivo sola! —Enfatizó sus últimas palabras.
Por poco tiempo. Dije mentalmente. 
—¿Quién va a querer verme a mí con esto? —Les dijo más colorada aún.
—Una persona muy cercana a ti. —Afirmó Alice mirándome a mí de soslayo. Sudé frío y desvié la mirada.
—¿Quién?
—Lo descubrirás tú sola.
—Alice… no soporto que hagas eso. —Protestó Bella.
—Debes estar ciega para no darte cuenta.
—Bah, da igual, olvidarlo. —Se rindió.


—Hay algo más dentro del paquete. —Informó Rosalie.
—¿Algo como qué?
—Míralo, no te obligaremos a que lo enseñes, eso ya es cosa tuya.
Bella miró dentro de la caja y sacó una aún más pequeña forrada con un papel lila. La miró desconcertada y la sacudió hasta que finalmente decidió abrirla al no poder descifrar su contenido.
Sólo abrió la tapa de la caja unos centímetros, lo cual pareció ser suficiente para que se diera cuenta de cual era su contenido. La cerró al instante en un fuerte movimiento.


—¡No, esto sí que no! —Gruñó.
—Es solo para que te diviertas Bella, no es tan raro. —Habló Alice con completa calma.
—No sé ni cómo os hacéis llamar mis amigas.
—Exageras.
—¿Qué es Bella? —Me atreví a preguntar. Ella se puso nerviosa al instante.
—Nada. —Contestó rápidamente y lo escondió en su espalda.
—Está bien. 
Lanzó un suspiro de alivio y me miró intensamente transmitiéndome un “gracias” con su mirada. Sonreí.


—Toma, abre el de Edward. —Alice le entregó mi regalo mientras yo sonreía.
—Es solo un pequeño detalle, no sé si te gustará.
—¡Ábrelo! —Chilló Alice haciendo callar las palabras que Bella iba a pronunciar.
—Ohhh Edward, me encanta. —Habló efusiva abrazándose a mí en un rápido movimiento que me pilló desprevenido he hizo que me encantara sentir su cuerpo estrellarse contra el mío.
—Me alegra que te guste. —Contesté mirándola embobado.
—Ujum ujum… —Carraspeó Emmet, a lo que Bella se apartó momentáneamente de mi lado.
—¿Qué es? —Preguntó una muy intrigada Alice.
—Mira. —Se lo enseñó alegre.
Nunca pensé que le gustaría tanto.  


—Ohh es precioso —Dijeron Alice y Rosalie al unísono llevándose la mano a su pecho.
—¿A que sí? Es perfecto. Gracias Edward. —Me sonrió de manera encantadora.
—Es un alivio saber que te gustó, pensé que era poca cosa.
—No digas tonterías, me encanta. —Lo estrujó contra su pecho.
Mi regalo era un corazón de peluche rojo gigante, que poseía unas manos pequeñas de color blanco y pies con una mezcla de blanco y rojo. En una cara tenía imprimida una foto de los dos de hace exactamente un mes y medio, estábamos en el parque al que solíamos ir a pasear a nuestros perros.
—Lo adoro. —Volvió a hablar. Era tan solo un pequeño detalle que quería memorar.


—Déjame verlo. —Alice se lo arrancó de las manos.
—Ten cuidado. —Le advirtió Bella.
—Es muy blandito. —Lo acarició con suavidad y lo giró. —Hay una fecha. —Informó.
—¿Ehh...? —Bella no se había dado cuenta. —Veintiocho de julio. —Leyó y se llevó una mano a sus labios. —Edward te has acordado. —Me dijo Bella emocionada.
—No la olvidaría nunca.
Ese día cumplíamos dos meses de habernos conocido. Era una fecha especial para ambos, tal vez para Bella significara menos, pero para mí lo era todo.


En ese parque, y en el momento posterior al que nos hicieron esa foto, fue cuando me di cuenta de que de realmente la amaba, que no era un capricho pasajero, si no la mujer que quería a mi lado para siempre, la mujer que robó mi corazón sin remedio alguno.
—Gracias. —Me volvió a abrazar y yo la apreté contra mi cuerpo, disfrutando al máximo de esos pequeños momentos.
—No se merecen. —Contesté antes de besar la cima de su cabeza y de inundar mis fosas nasales con el aroma floral de su cabello.
No era una fecha cualquiera, era la fecha que marcó el principio de mis sentimientos hacia ella, el principio del amor que esperaba fuera correspondido, dato que averiguaría en un par de horas.


La fiesta continuó en su máximo esplendor hasta las cuatro de la madrugada. A esas alturas ya el alcohol estaba más presente en nuestra sangre, haciendo que cada uno decidiera retirarse ya a su debida casa. Bella se despidió de todos y yo, sin saber exactamente con qué excusa, me quedé de último. Recogimos algunos vasos que terminaron en una gran bolsa de basura hasta que su nana, que bajó en bata y con unos graciosos rulos sobre su cabeza, nos echó la bronca por hacerlo, alegando que ella se ocuparía al día siguiente. Obedecimos como niños pequeños y nos reímos como si hubieras hecho alguna travesura.


—¿Quieres ver algo genial? —Me preguntó Bella minutos después de que su nana se retirara de nuevo a su dormitorio.
—Por supuesto, ¿qué es?
—Ven sígueme. —Salió prácticamente corriendo, haciendo que el corazón se me subiera a la garganta por el miedo de que se tropezara con las armas mortales que llevaba como zapatos. La seguí, más pendiente de sus pasos que de los míos.
—Acércate… —Me susurró en cuanto llegamos a la terraza, decorada con estilo oriental, ocupada con un par de daybeds de mimbre, una mesa mediana metálica y bastantes macetas con flores variadas. Apoyó su vientre en la barandilla de piedra.


—¿No te parece increíble?
Observé bien lo que me quería enseñar y me fascinó.
—Es fascinante. —Comenté.
Desde donde nos encontrábamos se apreciaba perfectamente el mar tenuemente iluminado por las luces de la ciudad, en el agua oscura se reflejaba toda la bahía y la ciudad formando un reflejo destellante. Incluso me pareció ver la figura de un grupo de delfines al fondo del mar, danzando sobre el agua como pequeños bailarines.  Era un espectáculo digno de admirar, además de la tranquilidad que trasmitía el sonido del vaivén de las olas al chocar contra las rocas.
Desde ahí la ciudad no parecía más que un grupo diminuto de edificios iluminados en tonos amarillos y naranjas centellando en medio de la oscura y silenciosa noche.


—Adoro estas vistas. Siento que puedo estar aquí viendo el mar y la ciudad a lo lejos por horas, no me cansaría nunca. —Suspiró, trasmitiéndome la sensación de que sus palabras ocultaban mucho más de lo que mostraban.
—Sí, es increíble, nunca había visto algo tan hermoso. —Al igual que ella, mi última frase tuvo un significado oculto, pues era a ella a quien me refería.
En ese momento en el que estábamos completamente solos, y rodeados de tranquilidad, silencio y serenidad, sentí que era el momento perfecto de decirle todo, de abrirle las puertas de mi corazón, esperando que ella quisiera entrar y ocupar el sitio que tenía su nombre. Nuestras miradas se encontraron y ella se coloró y poco después desvió su mirada.


Me acerqué un poco más a ella con movimientos suaves, para no inquietarla. Nuestros cuerpos sólo estaban separados por unos centímetros, nuestros brazos rozándose en un leve toque. Noté como su respiración se entrecortó y sus mejillas se tornaron más carmesí. No me echaría para atrás, era ahora o nunca.
—Bella… —Susurré separándome un poco de ella y enfrentándola. Se giró a la par que yo y ambos nos apoyamos en la barandilla por nuestros costados.
No contestó a mi llamamiento y eso me puso más nervioso aún. No sabía ni como empezar exactamente, todo se había borrado de mi mente y ahora estaba totalmente en blanco. —Tengo que decirte algo. —Pude pronunciar sin tartamudear.


—Adelante. —Contestó suavemente sin dejar de mirarme, lo cual me ponía más nervioso aún.
—Es sobre… sobre nosotros.
—¿Nosotros? —Preguntó con la duda plasmada en su rostro.
—Sí, sobre nosotros.
—Umm… Claro, dilo.
—Si continuamos así, si no buscamos una solución… Siento, siento que la situación me superará, que ya no podré soportarla por más tiempo.
Me miró interrogante y, ¿triste?
—¿Una solución?
—Te has vuelto en la persona más importante para mí, no puedo estar separado de ti, no quiero estar separado de ti… —Tragué saliva.


—No lo comprendo.
—No quiero alejarme de ti…
—No-no tienes porqué alejarte.
—Quiero que me des una oportunidad.
—¿Oportunidad para qué? —Suspiré, esto era más difícil de lo que pensaba.
—Quiero tenerme a mi lado, junto a mí.
—Me tienes Edward, no lo dudes. —Su contestación me desarmó.
—Pero no como yo deseo. —Iba por buen camino.
—Y… ¿Cómo lo deseas?
Elevé mi mano y sujeté la suya que estaba apoyada en la barandilla. La acaricié levemente con mi dedo pulgar y después la junté con la mía, nuestros dedos se enredaron los unos a los otros y nuestras manos hicieron una perfecta combinación, aunque la mía cubría por completo la suya debido a la diferencia de tamaños.


—Ed-Edward… —Susurró Bella mirando nuestras manos. Elevé mi mirada y la uní con la suya en un acto casi mágico.
—Llevo guardando mis sentimientos demasiado tiempo y es algo que me mata.
—¿No se lo has dicho aún? —Preguntó con la mirada un poco aguada. Eso me desubicó. ¿De qué hablaba?
—¿El qué a quién?
—A tu… a tu… enamorada. —Terminó de decir y me dejó mucho más perplejo.
—¿Perdón?
—Tú lo dijiste Edward… el otro día. —Sonreí, a falta de otra cosa que hacer, y acaricié de nuevo su mano.


—No has entendido nada. Tú, Bella, eres la chica de la que hablaba el otro día. Tú y sólo tú eres la persona que ha puesto mi mundo de cabeza. —Terminé de decir y la miré a la espera de alguna muestra de alegría o tristeza en su rostro, pero este estaba imperturbable así que decidí continuar hablando.
—Ya no podía callar más mis sentimientos porque se estaban volviendo en mi contra. Mi cordura rozaba la locura y eso me está desesperando. Necesitaba decirte todo ya, abrirte mi corazón y decirte todo lo que siento por ti. Ya no soporto tenerte sólo como una amiga, porque no te quiero como tal. Quiero poder besarte siempre, porque desde la primera vez que lo hice sé que fue la sensación más maravillosa de mi vida. Quiero poder coger tu mano o tu cintura sin tener que fingir que sólo lo hago porque somos amigos, odio tener que disimular cada vez que estamos juntos. Te quiero en mi vida Bella, para siempre, porque-porque te amo.


 Respiré en cuanto las últimas palabras abandonaron mis labios. Sentí un alivio en mí ser que jamás había sentido. Al fin pude decírselo, y eso sólo me provocó la mayor sensación de felicidad que jamás había sentido, que sabía, y esperaba, se agrandara cuando ella me dijera que sí, que también me correspondía y que me amaba tanto como yo a ella.
La miré dulcemente a la espera de una respuesta. Pasaron los minutos y nada salió de su boca. Ni una negativa, ni una respuesta afirmativa.
Nos rodeó un poderoso silencio que me enervaba y hacía que mi frente se perlara de sudor. Nuestras miradas estaban enfrentadas, pero la de Bella parecía vacía. No emitía ningún tipo de sentimiento y eso me asustó. La miré más intensamente, desesperado por una respuesta. Al cabo de unos pocos segundos desvió su mirada y habló.


—Edward... yo... —La había cagado.
—Lo siento, siento haberte dicho esto. Entenderé que tú no sientas lo mismo por mí. No se puede obligar a una persona a amar y yo no la haré contigo. Pero necesitaba decírtelo porque sentía que de un momento a otro iba a explotar.
—¿Por qué? —Preguntó con voz estrangulada y yo me odié por eso. La estaba haciendo sufrir.
—¿Por qué, qué?
—¿Por qué yo?
—Porque eres la persona más maravillosa que he visto en mi vida, porque con una sola mirada derrites mi mundo, con una sola sonrisa llenas mi cuerpo de felicidad, porque eres lo más importante que jamás he tenido en la vida. Eres la más hermosa de todas las mujeres y me cautivaste con poco. Te amo, esa es la simple razón.


—Pero yo… y tú… —Habló nerviosa sin terminar su frase.
—Yo solo soy un hombre que se enamoró de la mujer más espectacular del mundo. Estoy perdidamente enamorado de ti, sólo quiero saber si me correspondes, porque si es así seré el más feliz del mundo.
—Pero tú no puedes amarme… es ilógico.
—¿Por qué Bella? No tiene nada de extraño.
—Porque no tiene sentido que tú me ames.
—Sí lo tiene Bella, soy una persona normal, nada del otro mundo.
—Lo eres todo para mí Edward. —Pronunció mirándome de una manera enigmática pero que me llenó de júbilo. —Pero yo… yo… —Tartamudeó.


—No te quiero obligar a nada Bella, puedes darme una negativa y haremos como si esto nunca hubiera sucedido.
—No repitas eso.
—Está bien, podemos seguir siendo amigos si es que no he liado demasiado las cosas entre nosotros por haberte dicho todo esto.
—No, no quiero seguir siendo tu amiga. —Sus palabras dolieron. —Ya no soporto ser tu amiga, es superior a mis fuerzas… —Me miró y una leve sonrisa surcó su rostro. —He ocultado por demasiado tiempo mis verdaderos sentimientos…
—Bella… Dejemos todo aquí, terminaremos dañados los dos. —Intenté girarme para irme con el fracaso tatuado en mi rostro. Pero antes si quiera de hacerlo Bella agarró mi mano impidiendo mi cometido.


—Ahora eres tú el que no lo tiende. No quiero ser tu amiga por la simple razón de que yo también te amo. —Quedé atónito ante sus últimas palabras.
—Repítelo.
—Te amo Edward, desde el primer día. —Sonrió feliz y yo la imité.
Lentamente, y envueltos en una perfecta burbuja de amor, me acerqué a ella. Nuestros rostros estaban a tan solo unos centímetros. Pude notar su respiración en mi rostro. Sin querer alargar más el momento terminé por fin de hacer lo que más deseaba. Lo que ambos deseábamos. Rocé levemente sus labios y después los uní con los míos en un tierno beso. Transmitiéndonos lo que las palabras no podían expresar, lo que sólo los sentimientos eran capaces de hacer.


Nuestras bocas se acoplaron como un perfecto puzle fabricado para encajar. Bella suspiró en mis labios y yo me tragué su suspiro lleno de satisfacción. Era feliz. No existía otra palabra.
Nuestros labios se movieron a un ritmo lento y acompasado, disfrutando de la grandiosa sensación que nos otorgábamos. Nunca me había dado cuenta de que tan adicto estaba a Bella y ahora lo comprobaba. Era mi más grande y fuerte adicción.
Mi lengua acarició sus labios y ella los entreabrió, no desperdicié esa oportunidad y con amor introduje mi lengua en su dulce cavidad, sujeté su cadera y la acerqué hacia mí, no teniendo suficiente de ella nunca.


Nuestras lenguas lucharon ávidas en una batalla en la que ninguno de los dos desistiría. Se saborearon frenéticas la una a la otra hasta que la falta de oxígeno estuvo presente en nuestro organismo. A regañadientes me separé suavemente de ella, sintiendo que nunca un acto me pareció tan difícil de realizar.
Los dos nos miramos fijamente antes de sonreír con complicidad. Bella abrazó mi cuello y yo su cintura, elevándola unos centímetros del suelo.
—Gracias por esto.
—¿Por qué?
—Por demostrarme que la felicidad y el amor completo existen, por demostrarme que no todo es igual y por enseñarme a darle otra oportunidad a la vida, a una vida en la cual soy feliz a tu lado. —Elevó su cabeza y sus labios rozaron tenuemente los míos. —Te amo Edward.
—Y yo Bella, con toda mi alma.




Hello People! :)

¿Cómo les va? ¡Espero que muy bien! :D

Bueno, por fin llegó lo que muchas esperaban. Por fin demostraron sus 
sentimientos…Y ahora yo digo… ¿Qué tal me quedó?, ¿Cumple con las expectativas?
Deseo que así sea y que este capítulo sea como muchas esperaban. Aún
queda mucho Edward y Bella por delante y también mucha miel. No 
sé qué tal se me dio expresar sus sentimientos, sólo espero que lo disfruten y que me lo hagan saber con su linda opinión.
Gracias a aquellos que me dejan comentarios y también a los lectores fantasma, que les animo a comentar, no les llevará más que unos minutillos :)
By: K. Crazy Cullen


2 comentarios:

  1. Hay cariñoque capitulo mas bonito, por fin se dijeron las verdades y por fin esos te amo tan esperados, wow que bien, estoy alterada de pura felicidad, de verdad que no se que hacer, saltando por la habitacion como una loca, jajajajajajjajaj
    cuando les interumpieron con una urgencia casi me tiro a la pantalla del ordenador, y luego lo de la fiesta y los regalos y demas, genial, pero este final mi vida, ha sido simplemente
    PERFECTO

    besos mi niña, que te quiero millones
    Irene Comendador

    por cierto publique un capi nuevo de mi desconocido, porsi te apetece

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  2. este capi me gusto muy tiernito y el reglao q le dio muero q cosa mas linda nooo... ese hombre guauuu muy lindo y los otros capis adelante ya se pone hott genial jj

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Dejame tu huellita (LL)