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La historia "La razón de mi existencia" está siendo modificada. Estoy corriguiendo faltas ortográficas y argumento. Hay 19 capítulos corregidos. Disculpen las molestias :)

lunes, 2 de julio de 2012

Capítulo 22: Reacciones inesperadas.


Capítulo 22: Reacciones inesperadas.



Pov Bella:



—¿Tienes todo preparado? —Michael se acercó a mí en cuanto llegué al aeropuerto.
—Sí, aunque no sabía cuanto equipaje iba a necesitar. —Miré la gran maleta que llevaba. —Creo que me excedí.
—Para nada. Este viaje puede durar hasta más de dos semanas.
—¿Tanto? —Tirité.
—Sí, es esencial asegurarse de todo al mínimo detalle. No podemos cometer errores. Si todo sale bien, tendremos una de las cadenas de hoteles más rica y lujosa de Nueva York. —Percibí la clara avaricia en sus palabras.
—No me gustaría estar fuera tanto tiempo.
—Tu presencia es muy importante. Además de que tendrás que llevar al día mi agenda. Tendremos mucho trabajo.

No pude protestar ni decir una sola palabra. Michael se giró y se fue hacia algún sitio desconocido del aeropuerto. Suspiré con cansancio. Nunca imaginé que tendría que salir fuera de Chicago y, aunque no era demasiado, sabía que serían los quince días más largos de mi vida.
—¿Isabella Swan? —Preguntaron a mi espalda al cabo de pocos minutos. Me había quedado totalmente absorta en algún punto desconocido.
—Sí.
—Sígame, la están esperando. —Me estremecí al ver al gran hombre enfundado en un impecable traje negro.
—¿Qui-ién?

—El señor Newton.
—De acuerdo. —Comprendí todo. Sería uno de sus tantos guardaespaldas. Cuando quise coger mi maleta ese hombre prácticamente me la arrebató de las manos. Seguí su trayectoria sin protestar. Seguramente tendríamos que embarcar ya. Atravesamos un largo pasillo, giramos un par de veces a la derecha y pasamos por una gran puerta.
—El avión despegará en breves momentos. —No contesté. Mi mirada estaba fija en el avión que había en el centro de la pista. ¿Un jet privado? Tienes que estar de broma. Michael se tomaba las cosas muy enserio. Me acerqué un poco temerosa. Al otro lado de la zona en la que me encontraba vi a Michael hablando con un hombre que seguramente era el piloto.

—Vamos Isabella, todo está preparado.
—¿Y Laura?
—Ella no vendrá. Ha este viaje iremos solo los dos. —Me estremecí ante sus palabras. Un terrorífico escalofrío atravesó mi cuerpo, congelando mis venas. Con un poco de miedo subí al jet y me deleité con su lujo. Los asientos de piel color crema se veían de lo más cómodos. El interior estaba exquisitamente decorado con muebles color caramelo con un brillo espectacular. Nunca imaginé poder ver tanto dinero invertido en un solo avión. Me dirigí hacia un asiento individual que había al lado de la ventana y me deleité con la comodidad que me proporcionó.

—Buenos días señorita. Espero que este viaje sea una buena experiencia. —Una azafata apareció de la nada, haciéndome brincar en mi sitio.
—Gra-gracias. —Pronuncié levemente cuando sirvió un poco de champán en una delicada copa y me la sirvió.
—Cualquier cosa que necesite no dude en pedírmelo. —Asentí, aún sin poder encontrar mi voz.
No más de cinco minutos después escuché unas pisadas. Vi a Michael entrar con total familiaridad y sentarse frente a mí. Quedamos separados por una pequeña mesa.
—Espero disfrutes de este viaje. Tienes todas las comodidades aquí, no dudes en pedir lo que desees. —Se quitó sus caras gafas de sol y me sonrió.

—Todo está bien.
—Genial, despegaremos en unos segundos. —Asentí mientras llevaba la copa de champán a mis labios. Mi garganta estaba totalmente seca.
—Tengo que hacer unas cuantas llamadas. Ponte cómoda. —Me guiñó un ojo y se fue a la parte norte del avión. Desapareció por una parte, provocando que pudiera relajarme totalmente.
—¡Dios! ¿Dónde me he metido? —Pensé.

Newton era de lo más extraño. No era un mal jefe, solo que sus intentos de ligar hacían que mi cuerpo se estremeciera, y no de placer precisamente. No veía nada de atractivo en sus gestos, en su mirada lasciva. Solo quería que todo esto terminara lo antes posible para poder volver a casa. Necesitaba estar de vuelta a mi hogar lo antes posible. No me gustaba nada el rumbo e este viaje, era como si algo malo fuera a pasar. Intenté mentalizarme de que solo eran paranoias. Yo me iba a dedicar únicamente a trabajar.

Sentí un pequeño hormigueo en mi estómago cuando despegó el jet. Me coloqué el cinturón alrededor de la cintura y me aferré fuertemente al reposabrazos. No es como si tuviera miedo a volar o a las alturas, pero me había pillado desprevenida.
Minutos después ya nos encontrábamos en el aire. Quité el cinturón cuando fue indicado e intenté relajarme. Cerré los ojos con fuerza y apoyé la cabeza en el asiento. Quise intentar dormir, pero la clara imagen de Edward invadió mis pensamientos. Su rostro preso de la furia, sus gestos, sus intentos por intentar tranquilizarse para entender todo. Había costado más de lo imaginable calmarlo y convencerlo de que tan solo era un corto viaje de negocios.

Recordaba perfectamente sus ojos abiertos de par en par ante la sorpresa cuando le dije que tenía que irme. Me había pedido explicaciones, totalmente alterado. Cuando sentí que tendría algo así como un ataque de nervios, sujeté su mano con ternura y lo llevé hacia el sofá para poder hablar con más calma. Le expliqué todo con el mínimo detalle. Hizo falta varios minutos para que comprendiera todo, pues hace unos días solo le había dicho que había encontrado un nuevo trabajo, pero no había querido profundizar en los detalles.
Había querido saber exactamente todo. Cuándo me iba, a dónde, por cuanto tiempo y por qué motivo. Le expliqué todo con calma, no queriendo que se enfadara más aún. Había dicho que no tendría porqué hacerlo, que no era necesario. Pero estaba claro que no podía elegir, era mi trabajo y tenía esa obligación.

Lo había visto enfado, molesto por no haber le dicho todo con antelación y, aunque intenté decirle que lo había sabido hace muy poco, él parecía no estar escuchándome. Daba vueltas por todo el salón, como si de un león enjaulado se tratara. Suspiraba más veces de las imaginables y apretaba con fuerza el puente de su nariz. En un acto de total desesperación, sin saber por qué, mi cuerpo había reaccionado de esa manera. Jalé de su mano cuando pasó por mi lado haciendo que quedara sentado en el sofá en un solo movimiento. No pude controlar mis impulsos y en menos de lo razonable me vi besando con desesperación sus labios. Al principio parecía querer negarse, pero cuando insistí un poco tocando su labio inferior con mi lengua, desistió. Cogió mi rostro con delicadeza y besó mi boca con presura. Expresó todo lo que sentía en ese beso. La desesperación, furia y tristeza que atravesaban su alma.

Me sentí mal por provocar esos sentimientos en él. No quería que se sintiera así. Tan solo serían unos días. Si yo pensaba que se me iba a hacer largo no me imaginaba como estaría él. Después de haberlo besado un par de veces él parecía no poder separarse de mí. Había pasado su brazo por mis hombros y me había acurrucado en su pecho. En ese momento sentí tanto dentro de mí que no pude descifrarlo. Me sentía protegida, amada, relajada. No quería jamás separarme del reconfortante calor que trasmitía su cuerpo. Pareciendo una completa desesperada había sujetado su cabello para acercar su rostro al mío. Me sentía una completa adicta a su sabor, a la suavidad de sus labios. No hubiera querido jamás dejar de besarlo.

Fue realmente extraño cuando tuvo que marcharse. Dos horas después estábamos en el mismo sitio, tan solo abrazos, disfrutando del momento. No hubiera querido que se marchara, pero era demasiado tarde y yo tenía que madrugar al día siguiente. Intentó sonreír cuando se encontró en el resquicio de la puerta, aunque pude percibir su clara renuencia a marcharse. Prometió que me llamaría tantas veces como pudiera y después de besarme por última vez se marchó. Me sentí extremadamente melancólica cuando su coche desapareció por la carretera. Definitivamente algo no estaba bien dentro de mí. Parecía que me iba a la guerra a luchar por la patria, y no a un viaje de negocios. La despedida había sido exageradamente trágica. Pero no me importaba. El solo hecho de haber degustado sus labios tantas veces compensaba todo. Definitivamente besarlo era una de mis cosas favoritas.

El viaje era corto, de no más de dos horas, por lo que no se me haría demasiado pesado. Saqué mi móvil nuevo del bolsillo de mi pantalón vaquero y observé que tenía dos llamadas de Edward. Se las devolvería cuando estara en el hotel, con más calma. Debía llamar a Ethan, intenté localizarlo durante todo el día pero no lo logré. No contestaba mis llamadas. Su móvil no estaba disponible y por más que intentaba una y otra vez localizarlo no lo había logrado. Era extraño, pues tampoco contestó el teléfono de su casa. No sabía que pensar. Tal vez solo había salido por algún sitio o tenía demasiado trabajo. Intenté no darle más vueltas, ya probaría más adelante a ver si tenía suerte.

—Aterrizaremos en unos minutos. —La azafata apareció de nuevo para informarme. Le agradecí y coloqué de nuevo el cinturón. El viaje había sido realmente corto para mí.
—¿Qué tal lo has llevado? —Preguntó Michael, el cual no había aparecido durante todo el vuelo, cuando bajamos a la pista de aterrizaje.
—Bien, ha sido un vuelo muy corto.
—Esa es la ventaja. —Sonrió. —Vendrá un coche ahora para llevarnos al hotel. Te instalas bien y nos veremos a las seis en el hall.
—Bien. ¿Qué haremos?
—Tenemos que conocer a los inversores. Utiliza la ropa normal de trabajo. No será nada formal.
—De acuerdo. —Esperamos por el coche unos minutos y después nos dirigimos al hotel. Pude reconocer que nos encontrábamos en Madison Avenue cuando llegamos.

Mi mandíbula tocó el suelo cuando bajé del coche. La impresionante fachada del hotel se erguía orgullosa ante mis ojos. Era un enorme edificio que decía “dinero” por todas partes.
—¿Impresiona eh? —Dijo Michael con diversión.
—Un poco sí.
—Es uno de mis favoritos. —Fue hacia la recepción. —Toma, esa será tu habitación. —Me tendió una especie de tarjeta. —Relájate y pide lo que desees. Corre por mi cuenta. —Asentí sujetando la llave. —Vamos.
Un botones se acercó a nosotros con el típico uniforme negro y rojo portando un carrito con mis maletas.
—Él te guiará. —Michael se despidió brevemente y se fue por un largo pasillo opuesto al mío.

Si creía que la fachada y el hall me habían impresionado fue porque no había visto mi habitación. ¡Era enorme! Podía ser prácticamente el doble de mi casa. Recorrí la gran habitación con vista minuciosa. Me deleité con la perfección de todo. Estaba cuidado hasta el mínimo detalle. Los muebles eran grandes y robustos, en decorado rústico. Se me hizo la boca agua al ver la inmensa cama. No pude evitar lanzarme sobre ella, sintiendo como se amoldaba a mi cuerpo. Esto era un verdadero sueño. Ni siquiera quería imaginar su precio.
Me desperté aturdida, no sabiendo en que momento me había quedado dormida. De un brinco salté la cama, alarmada por la hora. Miré mi móvil y me tranquilicé al ver que eran las cuatro. Con paciencia deshice el equipaje y coloqué todas mis prendas en el armario de puertas corredizas.

Decidí darme una larga ducha para quitar el cansancio y pereza de mi cuerpo. No me impresioné al ver el cuarto de baño. Todo tenía una perfecta combinación de tonos blancos y negros, creando un aura de bienestar. Disfruté del masaje que dieron los chorros de agua en mi cuerpo y me obligué a salir de la ducha a regañadientes. Después coloqué mi habitual ropa de trabajo: una falda lápiz gris, una blusa blanca con vuelos y mis zapatos de tacón mediano. Finalmente me había acostumbrado a trabajar con ellos, y ahora me parecían de lo más cómodos.
Cuando estuve totalmente preparada y el reloj marcó las seis menos diez bajé al hall.

La presentación con todo el grupo de empresarios fue larga. Me dolía el brazo de tanto agitarlo para saludar. Me sentí aliviada cuando supe que no era la única mujer. Otras dos chicas, de mi edad aproximadamente, se encontraban junto a nosotros. Seguramente también eran secretarias. Después de las presentaciones nos dirigimos hacia el bar del hotel. Ocupamos una gran mesa ovalada de madera y adornos dorados. La mayoría de los hombres pidieron whisky y a todas las secretarias, yo incluida, nos sirvieron daiquiris en una preciosa copa con forma de cono. Cuando llevé la bebida a mis labios disfruté del delicioso sabor. El toque de fresa y la frescura del hielo hicieron que la bebida fuera exquisita. Todos los empresarios comenzaron a hablar sobre la construcción de un nuevo hotel. Hablaron de calles, de presupuestos, de tiempo y de infinidad de cosas más.

Yo me dediqué a escuchar fingiendo atención y a apuntar todo lo que Michael me decía. Él parecía de lo más feliz, pues su rostro poseía una gran sonrisa imposible de ocultar. Dos horas después de completo silencio por mi parte la reunión se acabó. Agradecí por ello, porque el aburrimiento se apoderó de mí de manera apoteósica. Lo único bueno fue disfrutar de otros tres daiquiris. Agradecí que no tuvieran demasiado alcohol. Volvimos a ir al hall y para mi suerte no tuve que despedirme de todos los empresarios. Cuando Michael y yo nos quedamos solos él aún no había dejado de sonreír.
—Soy feliz Isabella. —Sonrió. —Ellos están muy convencidos de que todo saldrá a la perfección. Lo que supone que aceptaron mi propuesta y significa un capital muy bueno para mí. —Soltó una fuerte carcajada.

—Me alegro Michael.
—Todo está siendo más sencillo de lo que creía, pero aún quedan muchos trámites por tratar.
—¿Qué haremos mañana?
—Hasta dentro de cuatro días no podremos ir a ver el terreno. Estos días solo están dedicados a reuniones. Por lo tanto, te quiero igual que hoy pero a las nueve de la mañana y a la tarde será siempre a las seis. Así hasta nuevo aviso.
—De acuerdo.
—¿Has apuntado todo lo que te dije?
—Sí. —Le entregué la agenda.
—Muy bien. Me gusta tu eficacia. Puedes irte. —Asentí y casi corriendo fui a mi habitación.

Tal y como Michael dijo los siguientes cuatro días fueron igual aburridos. Lo bueno fue que ya no nos quedamos en el bar del hotel, si no que íbamos a la sala de juntas de otras empresas. Pero la rutina era la misma. Reuniones larguísimas y tomar notas de todo lo que me decían. Llegaba cansada a la habitación del hotel, porque parecía que ya no solo era secretaria, sino la chica de los recados. Tenía que ir de un lado a otro, atravesar larguísimas calles en taxi y recoger cientos de documentos. El trabajo era mucho más duro que en Chicago.
En las noches hablaba un poco con Edward por teléfono hasta que me quedaba dormida. Después de haber intentado localizar a Ethan cientos de veces no lo había logrado. Esperaba que todo estara bien, no quería perder los nervios.
Hoy, el sexto día en Nueva York, al fin cambiaríamos de rutina. Debíamos ir a visitar el terreno donde sería construido el nuevo hotel.

Bajé al hall a las nueve de la mañana. Allí me esperaba Michael. Me dio instrucciones para lo que debía hacer en la mañana y nos montamos en un coche que nos esperaba en la entrada.
—Es un terreno inmenso y aunque de momento solo es un montón de polvo, tierra y rocas, cuando empecemos a construir dará un giro de ciento ochenta grados.
—¿Cuántas personas dirigirán el proyecto?
—Nos hemos asociado diez empresarios.
—¿Diez?
—Sé que nos hemos reunido con al menos veinte, pero muchos de ellos desistieron de la idea. En el fondo es bueno. Sé que es un buen proyecto que atraerá dinero y cuantos menos sean a repartir mejor. —Odiaba la avaricia que lo rodeaba.

—¿Cómo llegaste a estar entre los empresarios más ricos de Chicago?
—Todo fue por herencia. Mi padre murió cuando yo tenía dieciséis años. No podía hacerme cargo de la empresa hasta ser mayor de edad, por lo que se hizo cargo un tío. Cuando cumplí diecinueve, después de solo estudiar un año de empresariales, pude hacerme cargo de la empresa. Mi tío insistió en que aprendería trabajando. Él había hecho un buen trabajo en la empresa, y aunque insistió en retirarse, yo no se lo permití. Ahora es el mayor socio de la empresa principal de Chicago.
—Vaya, es muy curioso. Tienes veintitrés años y un gran imperio.
—Tengo veinticinco.
—¿Cómo?
—Repetí algunos años en el instituto. —Rio restándole importancia.
—Ah.

Nos quedamos en completo silencio después de eso. Media hora más tarde llegamos a nuestro destino. El día fue aburrido, otra vez. Recorrimos el inmenso terreno. Todos parecían maravillados con lo que veían. Hablaban de un proyecto ambicioso, demasiado quizás. Un par de arquitectos se había reunido con todos ellos, enseñándoles una idea base de lo que pensaban hacer. Yo no podía ver algo bueno por ninguna parte. Tan solo veía, como dijo Michael, montones de polvo, tierra y enormes piedras. En fin, yo no tenía cabeza para ello.
Mi móvil vibró en el bolsillo de mi falda. Fui hacia una esquina apartada y lo miré.
<< No pude contestar a tus llamadas porque tengo un montón de trabajo. Han pasado unos líos con unos famosos, por lo que tenemos mucho jugo para exprimir. Hablaremos más adelante. Siento no haber avisado. En unos días podremos salir a pasear de nuevo. Besos, adiós. >>

Releí un par de veces el mensaje de Ethan, sintiendo que podía respirar con alivio ante sus palabras. Al menos estaba todo bien y no le había pasado nada. Le contesté con un rápido ahora no puedo hablar, luego te llamo y guardé el teléfono.
Tres horas después todo estaba listo. Habían terminado de hablar de todo lo acordado, aunque al parecer aún les quedaban varios días para reunirse.
Fuimos a un restaurante moderno, donde la comida era deliciosa. Al menos, cuando llegamos al hotel, ya no tuve que volver a salir. Disfruté de una relajante tarde sin ninguna tarea pendiente.

—Ethan.
—Hola Bellita, ¿cómo has estado?
—Cansada, pero todo bien ¿y tú?
—A tope de trabajo. Como te dije ha habido noticias jugosas por aquí, por lo que tengo mucho que redactar.
—Eso es bueno, al menos estás entretenido.
—Sí y no. Llevo una semana sin verte. Pero lo bueno es que mañana podré salir. ¿Que te parece ir a cenar?
—No puedo.
—¿Por qué?
—Estoy en Nueva York.

Y de nuevo ocurrió. Ethan tuvo casi la misma reacción que Edward. Me bombardeó a preguntas, casi sin dejarme tiempo para contestar. Cuando ya le conté todo y se quedó convencido aunque enfadado por no haberle avisado antes me dijo que esperaría ansioso por mi regreso. Yo solo pude recordar a Edward, en la manera en la que había logrado calmarlo. ¡Diablos! Extrañaba sus labios, su presencia, las sensaciones que me transmitía.
Hablé con Ethan largo y tendido, me contó un poco de su día a día y yo le puse al tanto de lo que había hecho.
Cuando acabé de hablar decidí usar el jacuzzi del cuarto de baño. No puedo decir cuanto tiempo estuve ahí, pero si estaba un minuto más dentro del agua la piel de mis dedos quedaría irreconocible.

Los siguientes cinco días fueron tortuosos. Parecía que los empresarios no se pondrían de acuerdo nunca. Si a uno le gustaban los planos del hotel de una manera otro tenía que encontrarle un fallo, por más diminuto que fuera. Llevábamos once días en Nueva York y el proyecto no había avanzado prácticamente nada. Al menos hoy iríamos a visitar Central Park. Estaba emocionada por eso. Jamás lo había visto, porque no podía recordar absolutamente nada de él.
Recorrimos los largos caminos de verde césped hasta la una, a esa hora todo se detuvo y fuimos al restaurante épico de Central Park: The Loeb Boathouse.
Quedé maravillada con ese restaurante. La preciosa vista del lago era el complemento perfecto para el restaurante. Me decidí por una
ensalada Wedge Boathouse, papaya verde y ensalada de jícama y de postre una porción de tarta de mouse de fruta de la pasión. La comida fue sublime.

Los días siguieron pasando, cumpliéndose así dieciséis días en Nueva York. No sabía cuanto más duraría este viaje, pero estaba desesperada por regresar a casa. Definitivamente los días se hacían largos y pesados y parecía que el maldito proyecto “hotel de lujo” jamás acabaría. En la mañana fuimos de nuevo al terreno de construcción, donde al menos parecía que ya estaban todos de acuerdo con como sería el hotel.
—Esta noche iremos a cenar a un lujoso restaurante un poco alejado. La cena será de gala, así que elige bien la ropa. Esperaré por ti a las ocho en el hall. Hasta luego. —Apenas susurré una leve despedida ante las palabras de Michael. ¿Una cena de gala?, ¿con qué motivo? No le di más vueltas y me dirigí a la habitación del hotel.

A las cinco de la tarde estaba desesperada. No tenía ningún vestido para la ocasión. Jamás imaginé que algo así podría suceder. Di vueltas por la terraza, intentando pensar en como solucionaría mi problema. Como si hubiera sido invocado, un botones llamó a mi puerta.
—Esto es para usted señorita Isabella. Espero le guste. —Le di una rápida propina al joven muchacho y cerré la puerta. No sabía que podía ser.
Tendí la caja rectangular de tamaño mediano en la cama, desesperada por saber cual era su contenido. En cuanto la abrí no pude evitar soltar un suspiro de sorpresa. Un precioso vestido estaba dentro de la caja, perfectamente colocado. Cogí la nota que lo acompañaba.


“Espero que te guste y te parezca adecuado. No sé si
acerté con la talla, pero seguro que sí. Sabría a la
 perfección las medidas de tu cuerpo. Úsalo esta noche,
 me encantaría verlo en ti. M.N”



Como si quemara solté la nota con rapidez, la cual cayó a mis pies. Por curiosidad saqué el vestido de la caja, descubriendo que era mucho más hermoso de lo que parecía. Era largo, de un llamativo rojo. Poseía una sola manga, la cual estaba cubierta por una ancha cadena de plata. Se enganchaba por dos tiras gruesas a la parte delantera, dejando gran parte de la espalda al descubierto. Un profundo escote adornaba la parte delantera. Era realmente hermoso, pero algo dentro de mí me decía que no era correcto usarlo. No me habían gustado para nada las palabras de Michael. Mi cuerpo se había estremecido en cuanto las leí. Además de lo que había dicho, se notaba claramente el deseo en sus palabras, el vestido exponía demasiada piel. No debía ponérmelo. No quería ponérmelo.

Lo guardé nuevamente en la caja y agarré mi bolso con desesperación. Me dirigí a la boutique del hotel, allí podría encontrar un nuevo vestido. Me atendió una amable dependienta, la cual me ayudó a decidirme por otro vestido que me enamoró. Me decidí por uno negro, con escote de palabra de honor. Dos tiras brillantes salían desde la espalda, creando dos formas triangulares. Una de ellas moría en el fin de mi pecho izquierdo, la otra en el inicio de la abertura del vestido, dejando ver mi pierna derecha. Poseía pequeños destellos brillantes. Me pareció más que perfecto para la ocasión. Sencillo, elegante, y para nada escotado. Compré también unas sandalias plateadas y prácticamente corrí a la habitación para poder probármelo en calma.

Después de una rápida ducha, sequé mi cabello y remarqué mis rizos naturales. Me coloqué el vestido, sintiéndome totalmente hermosa con él. Cuando terminé de arreglarme me observé frente al espejo por largo tiempo, hasta que me convencí del todo. Ya se me ocurriría una excusa para Michael. A las ocho menos cinco bajé al hall con total calma, sintiéndome un poco temerosa de su reacción. Lo vi apoyado en una columna, con una enorme sonrisa en la cara, la cual desapareció en cuanto vio que no llevaba su vestido. Frunció el ceño y se acercó hacia mí a pasos agigantados.
—¿No te gustó el vestido? —Preguntó directamente.
—No-no era de mi talla. —Pronuncié. —Me quedaba demasiado grande. —Soné totalmente ridícula diciendo eso.
—Pensé que era la talla adecuada.
—Es demasiado holgado y largo. —Desvié la mirada.

—Es una lástima. Me hubiera encantado verte enfundada en ese vestido. Te verías exquisita. —Me estremecí al ver que lamía sus labios.
—¿Po-podemos irnos ya?
—Bien. —Fingí buscar algo en mi bolso cuando me tendió su brazo.  En el coche me senté lo más alejada de él. Me sentía realmente incómoda, sabía perfectamente que no había apartado la mirada de mí en todo el camino.
—Este vestido también te sienta muy bien. Estás hermosa. —Me sobresalté cuando lo vi con la intención de llevar su mano hacia mi muslo.
Casi salí corriendo cuando el coche se detuvo frente al restaurante. Entré casi sin esperarlo y, una vez nos situaron en nuestra mesa, intenté no acercarme demasiado a él.

—Relájate Isabella. Estaremos solos. —Mis nervios aumentaron ante sus palabras.
—¿Por-por qué?
—Es una cena íntima. Tenemos que celebrar el éxito. —Levantó su copa de champán, pero yo ni siquiera pude corresponder su gesto. Estaba petrificada en mi sitio.
—¿Cu-cuándo regresaremos a Chicago? —Dije después de un incómodo silencio cuando sirvieron el primer plato.
—¿Quieres irte ya?
—Sí, se me hace extraño pasar tanto tiempo fuera de casa.
—Si todo sale como he planeado para esta noche regresaremos en un par de días. Todo depende de ti. —Fruncí el ceño.

—¿De mí?
—Sí. —Lamió sus labios. —Y de como acabe la noche. —Estiró su mano y acarició la mía. La aparté con rapidez, como si estuviera contagiado.
—Yo pensé que también cenaríamos con los demás empresarios.
—Hoy es una noche para celebrar. Al fin todo se ha acabo. La construcción del hotel está en marcha.
—Bien. —Pronuncié.
—Te noto tensa. Tranquila, todo será perfecto. —No me gustó para nada su mirada. Provocó un estremecimiento en mi cuerpo.
—Por ti Isabella, por lo hermosa que estás esta noche. Espero que no todo acabe aquí. —No pude levantar mi copa para brindar cuando percibí su mirada llena de lujuria.

—Po-por el nuevo hotel. —Dije chocando su copa con la mía.
—Sí, por la unión que provocará. —Intenté hablar tan solo de trabajo todo el tiempo que estuvimos cenando.
—¿Me concederías este baile? —Preguntó tendiendo su mano.
—Yo… No sé…
—Tranquila, es tan solo un baile.
—No puedo. No me parece lo correcto. Tan solo eres mi jefe. —Enfaticé la última parte.
—Está bien, no te obligaré. —Respiré con alivio.
—Vamos, la noche aún es muy larga. —Nos pusimos de pie y nos dirigimos nuevamente a la entrada, donde el coche ya esperaba por nosotros.

—Gracias por esta noche Isabella. Aunque has estado callada, supongo que por el cansancio, yo la he disfrutado mucho. Es fascinante saber que aún eres más hermosa de lo que imaginaba.
—Gra-gracias. —Saqué mi móvil y toqueteé en todas partes fingiendo total interés. No me sentía con la fuerza necesaria para seguir viendo sus intentos de conquista. Jamás podría tener algo con él.
—¿No te apetece una copa? —Preguntó cuando nos encontrábamos en el hall y quise salir huyendo hacia mi habitación.
—En otra ocasión, estoy muy cansada. —Intenté sonreír.
—Bien, te acompañaré. —Mierda, no podría librarme de él jamás.
—Gra-gracias. Nos veremos mañana. —Hablé apresuradamente cuando llegamos a la puerta de mi habitación.

—Estoy encantado contigo Isabella. Me encanta tu eficacia y la manera de trabajar que posees. Sin duda eres única.
—Adiós Michael. —Me adentré rápidamente en la habitación cuando lo vi con las claras intenciones de arrinconarme para besarme. Cerré la puerta con presura y respiré entrecortadamente. Si hubiera tardado un segundo más él habría logrado besarme. Agradecí a todos los santos que conocía por haberme ayudado. Parecía no poder comprender que con él solo quería la relación estricta jefe-secretaria.
Coloqué el suave camisón sobre mi cuerpo y me tumbé en la cama con rapidez. Necesitaba escuchar su voz. Sin dudarlo marqué su número y una sonrisa se expandió en mi rostro cuando contestó al segundo pitido.
—Edward… —Susurré, sintiéndome totalmente abatida.

El característico sonido de un teléfono me despertó de mi plácido sueño. Gruñí con frustración. Estiré mi brazo hacia la mesilla y contesté el teléfono del hotel aún extrañada.
—¿Si…?
—¿Señorita Swan?
—¿Quién?
—La llamamos de la recepción del hotel. El señor Newton nos ha pedido que le digamos que haga las maletas, que el vuelo saldrá en tres horas.
—¡Gracias! —Chillé de la emoción.
—De nada, todo un placer. Que tenga un buen viaje. Esperamos haya disfrutado de su estancia en New York Palace.
—Sí, ha sido perfecto. —Me levanté de sopetón de la cama y me dirigí corriendo al baño.

Coloqué toda mi ropa sin cuidado alguno. Metí cada pieza según iban cayendo desde el armario. Lo único que doblé con cuidado fue el vestido negro que había comprado. Tuve que hacer un gran esfuerzo para cerrar la desordenada maleta. No pude dejar de sonreír mientras terminaba todo. Al fin volvía a Chicago después de casi veinte días.
Bajé al hall y me encontré con el mismo guardaespaldas de la vez pasada.
—Permítame señorita. —Le tendí la maleta y dejé que me llevara hacia el coche. Sonreí aún más cuando vi el jet privado en la pista. No podía esperar para subir a él. Me llevé una gran sorpresa al entrar. Michael estaba ya en él y no parecía de lo más contento. Quise que la tierra me tragara. Me senté frente a él y lo saludé levemente.

—Por fin se cumple tu sueño.
—¿Cómo?
—Al fin regresamos a Chicago.
—Sí… Han pasado bastantes días.
—No sé que te pasó ayer Isabella. —¡Mierda! No pensé que me diría algo tan rápido.
—Solo… Tenía demasiado sueño y quería llegar a la cama.
—Parecía que huías de mí.
—Cla-claro que no.
—Nunca haría nada que no quisieras. Solo pensaba que tal vez… Después de tanto tiempo… Podríamos…
—Yo te considero solo mi jefe Michael. —Aclaré.

—Es una lástima. No me hace feliz tu rechazo por segunda vez consecutiva.
—No creo haberte dado ninguna señal. Yo entré en tu empresa a buscar trabajo, no amor.
—No tenemos porqué meternos en los tópicos. Podemos pasarlo bien juntos sin ningún compromiso.
—Me parece increíble que digas algo así. Yo solo busco un empleo Michael, si piensas que algo más puede pasar entre nosotros, olvídalo. Será mejor que todo acabe con este viaje. —Desvié los ojos hacia mi reloj, sintiéndome mejor al saber que solo quedaba una hora de vuelo.
—No voy a despedirte Isabella. Pero la diversión no le afecta a nadie.
—Ya te lo he dicho Michael, no quiero nada contigo.
—Parece ser que las personas nunca cambian. —Se levantó enfadado de su sitio y desapareció por alguna puerta. No le di importancia.

—Esto es una porquería… —Pensé hastiada. Solo a mí me podía pasar esto. No podía encontrar nada de atractivo en Michael, absolutamente nada. Esperaba que el buen ambiente de trabajo no se estropeara. Me gustaba trabajar para su empresa y me sentía muy a gusto con Laura como compañera, pero si él no dejaba de insistir me iría sin mirar atrás. No quería más problemas en mi vida.  Suficientes tenía ya.
Salí corriendo del avión, esperé por mi maleta y, como no vi a Michael por ningún sitio, decidí salir por la puerta que me indicó la azafata para llegar a la entrada del aeropuerto. Ya fuera cogí un taxi y me relajé completamente. Al fin estaba en casa.
Me tiré sobre mi blanco sofá en cuanto atravesé la puerta de casa. Quería chillar de alegría. Había esperado demasiado por este día.

—Hey Bells, ¿cómo va todo? —Preguntó Ethan en cuanto contesté su llamada.
—De maravilla.
—Me alegro. ¿Aún no sabes cuándo regresas? —Su voz se notaba ansiosa.
—Estoy en casa Ethan.
—¿Cómo?
—Llegué hace tan solo dos horas. —Dije mirándome mi reloj.
—Ese es fantástico, ¿por qué no me has avisado? Hubiera ido por ti al aeropuerto.
—Fue todo muy repentino y es una larga historia. Despreocúpate, lo bueno es que ya estoy aquí. —Mi voz transmitía mi felicidad.

—Eso hay que celebrarlo Bells. Además, quiero verte. ¿Qué te parece una rica cena en mi casa?
—Suena bien, yo también quiero verte.
—Perfecto, ¿qué te parece a las ocho?
—Bien, así me dará tiempo a arreglarlo todo.
—Genial. Adiós Bells, iré al supermercado.
—¿Llevo algo?
—No, déjamelo todo a mí. Nos vemos. —Colgó la llamada sin darme tiempo a replicar.
Suspiré feliz. Lo había extraño, había extrañado todo. Nueva York no era una ciudad para mí, no podría haber soportado más tiempo allí. Prefería Chicago por sobre todo.

Timbré la puerta de su casa y esperé para que abriera la puerta.
—¡Hola! —Mi saludo se convirtió en un agudo chillido cuando me vi envuelta por sus brazos.
—Bells, no sabes lo que te extrañé. —Se separó levemente de mí para hablar, pero en cuanto terminó volvió a abrazarme fuertemente. Correspondí su gesto con gusto.
—Yo también Ethan, no podría haber soportado un día más en Nueva York.
—Ven pasa, estaremos mejor dentro. —Se encargó de cerrar la puerta después de que entrara delante de él.
—La cena tardará un poquito más. —Se sonrojó levemente. Me impresioné de su gesto.

—Tranquilo, tenemos tiempo. —Sonreí.
—Bueno, supongo que has hecho de todo en estos días.
—Era un viaje de trabajo, no he tenido tiempo para divertirme. Ha sido bastante cansado y aburrido. —Resoplé.
—¿Por qué fue exactamente?
—Mi jefe tenía que hablar con una gran cantidad de empresarios para que cerraran un contrato millonario. Van a poner en marcha la construcción de un nuevo hotel, que según dicen, será de lo más lujoso. Al final todo salió bien y la empresa en la que trabajo se llevó un buen pellizco.
—Y estoy seguro que su fortuna ya es elevada.
—Sí, muy elevada.
—Todos son muy avariciosos. —Asentí concordando sus palabras.

Nos fundimos en una larga charla sobre todo lo que había hecho en Nueva York y sobre su trabajo. Ethan había tenido que hacer muchos informes sobre las nuevas noticias que habían recibido. Al parecer los líos de los famosos daban para mucho, por lo que su trabajo estaba colapsado. Una hora y media más tarde nos dirigimos al comedor para cenar. Me prohibió que lo ayudara a servir ya que decía que él era el anfitrión y deseaba mimarme. Solo me reí ante sus palabras. Lo sentía más cariñoso que nunca. No dije nada al respecto, seguramente era porque mi viaje le pilló desprevenido. Hice una nota mental de que debía llamar a Edward para avisarle de mi llegada. En cuanto saliera de casa de Ethan lo llamaría para poder hablar con más calma. Moría de ganas de verlo, no veía la hora de que llegara mañana. Solo esperaba que estuviera libre.

—Espero te guste. —Me dijo tímidamente sirviéndome un plato de una rica ensalada de pollo.
—Se ve deliciosa. —Apremié. Terminó de servir todo y se sentó frente a mí en la cuadrada mesa.
—¿Sabe tu… Amigo… Que has regresado ya? —Preguntó pocos minutos después.
—¿Te refieres a Edward?
—Sí.
—No aún, se lo diré más adelante. —Sonrió ampliamente. —¿Por qué lo preguntas?
—Curiosidad. —Fruncí el ceño ante sus palabras. No entendía por qué me había dicho eso. Pero pude notar la clara satisfacción en su mirada. Era como si se alegrara de saber de mi llegada antes que Edward. Era absurdo.

—Sé que te gusta la comida italiana, así qué… Espero hayan salido bien. —Me tendió un rico plato de ravioles de carne con salsa de tomate.
—Oh Ethan, tienen una pinta increíble.
—Es la primera vez que preparo unos…
—Umm… —Pronuncié levemente cuando llevé dos ha mi boca. —Exquisitos.
—¿Segura?
—Claro que sí. Son magníficos. —Sonrió como un niño.
Cuando terminamos de cenar nos dirigimos hacia el salón nuevamente. Encendió la televisión y nos relajamos en el sofá disfrutando de la compañía del otro. Me sentía bien a su lado, relajada completamente. Disfrutamos de ese momento de tranquilidad absoluta. Al menos yo estaba tranquila. A mitad de la programación lo sentí removerse incómodo en el sofá. Parecía no encontrar la posición correcta. Incluso lo vi morder sus uñas. Eso fue alarmante. Me preocupé.

—¿Qué sucede Ethan? —Apagó la televisión y se giró para mirarme.
—Nada… —Titubeó.
—Estás intranquilo.
—Bueno yo… Será mejor que lo haga de una vez. —Se levantó del sofá y corrió hacia la cocina. Seguí con la mirada sus movimientos.
—¿Ethan?
—Quiero que brindemos Bells. Por tu regreso. —Me tendió una copa de vino tinto.
—Por estar de nuevo en casa. —Sonreí y choqué su copa con la mía.
—Por nosotros… —Susurró levemente.
—Gracias por la cena Ethan, ha sido fantástica. —Dejé la copa en la mesa de centro el salón.

—En realidad yo… —Sujetó mi mano cuando vio que tuve intención de levantarme.
—Debo irme ya Ethan, se hace tarde.
—Serán solo unos minutos. —Asentí. —En realidad la cena no era únicamente para celebrar tu regreso. —Fruncí el ceño. —Hay algo que quiero decirte.
—Adelante.
—Bells… Cuando me llamaste para decirme que estabas fuera comprendí muchas cosas. Me he acostumbrado tanto a tu presencia que me hiciste falta cada día. Fue frustrante no tenerte aquí. —Acarició mi mejilla con ternura. Se acercó un poco más a mí.
—Yo también extrañé estar en casa.
—Es mucho más que eso. Comprendí que me haces más falta de la que pensaba. —Su cuerpo estaba peligrosamente cerca del mío.

—Ethan yo no sé…
—Siempre estaré agradecido del día que te conocí. Lo eres todo para mí Bells… Y quería… No, necesito decírtelo todo.
—¿De qué se trata Ethan?
—Yo te quiero Bells.
—Yo también Ethan. Sabes que eres mi mejor amigo.
—No, no así. Que-quería pedirte que fueras mi novia. —Me quedé totalmente plasmada en mi sitio. No pude ni siquiera parpadear.
—¿Qué-qué dices?
—Te amo Bells… Quiero que me des una oportunidad… —Mi respiración se cortó ante sus palabras. Antes de que me diera tiempo a procesar todo lo que me había dicho sentí sus labios sobre los míos.

Me besó con ternura, pero con insistencia. Yo no pude corresponder su beso. Lo consideraba solo mi amigo. ¿Qué demonios hacía? Quise separarme rápidamente de él, pero sus manos apretaron más fuertemente mis mejillas, imposibilitando mis movimientos. Sus labios presionaron más los míos, buscando alguna respuesta.
—¡No! —Le dije cuando reaccioné del todo. Me puse rápidamente de pie y me alejé de él. —¿Cómo se te ocurre hacer esto? —Le pregunté aún atónita.
—Porque te amo Bella. Dame una oportunidad por favor.
—No puedes estropearlo todo tan rápidamente. Somos amigos Ethan, ¿recuerdas?
—No quiero ser solo tu amigo.
—No puedo corresponder tus sentimientos Ethan.
—Inténtalo por favor. —Se puso de pie y se acercó a mí. Vi su intención de volver a besarme.

—No vuelvas a hacerlo. —Le dije fríamente. Sin pensármelo dos veces me giré con rapidez y abrí la puerta de su casa.
—Bella… —Me llamó.
—No. —Sentencié cuando quiso acercarse. Cerré la puerta con velocidad y prácticamente corrí para alejarme de él, temerosa de que saliera a buscarme. Corrí unas cuantas calles hasta que me aseguré de que no venía detrás de mí.
Sin ser consciente de mis movimientos, pues mi cerebro intentaba procesar todo lo que había ocurrido, me dirigí hacia donde mi corazón me dictaba.
Ethan había cometido una verdadera locura con lo que había hecho. ¿Enamorado de mí? No podía creerlo. Era mi amigo, y lo apreciaba inmensamente por eso, pero no sabía como reaccionar ante lo que había pasado. Si realmente me amaba yo no podía hacer nada, y tampoco enfadarme. No había motivo para eso. Solo estaba confusa.

En cuanto divisé su casa apresuré mis pasos y timbré con impaciencia. Esperaba que no estara durmiendo, pues eran ya las once de la noche. Me sentí aliviada cuando escuché sus pasos tras la puerta.
—¿Quién? —Preguntó abriendo la puerta. Me quedé muda por un momento, deleitándome inconscientemente de que tan solo llevara puesto unos pantalones de chándal.
—Ed… —Susurré y prácticamente me abalancé hacia él. Sentí sus brazos enredarse en mi cuerpo y me sentí totalmente en casa.
—Oh Dios, no puedo creerlo. —Dijo en el lóbulo de mi oreja y apretó más fuertemente mi cuerpo. Me deleité con el aroma varonil de su cuerpo y con la sensación de calor que me transmitía. Antes de poder decir algo sentí sus suaves labios sobre mi boca. Correspondí su beso totalmente gustosa, sabiendo que era mi adicción. Me sentí un poco extraña al besarlo, y el rostro de Ethan apareció en mi mente como un destello de luz. Me separé de él con fiereza.

—¿Ocurre algo?
—No, solamente prefiero que entremos. —Intenté sonreír. Asintió y cerró la puerta. Rápidamente sentí sus brazos alrededor de mi cintura. Apoyó su barbilla en mi hombro.
—¿Por qué no me avisaste?
—Era una sorpresa. —Suavicé mi voz, sintiéndome mal al mentirle.
—Una gran sorpresa. —Dio un beso en mi cabeza y me apretó más contra su cuerpo. No pude evitar suspirar cuando sentí su perfecta anatomía contra mi espalda. Era una deliciosa sensación. Acaricié sus brazos y sonreí.
—Te extrañé tanto… —Giró mi cuerpo y volvió a atacar mis labios. Me sentía en una nube, incapaz de controlar mis movimientos. Enredé mis manos en su cabello y me apreté más contra él. Mordisqueé su labio inferior, sintiendo como profundizaba el beso.

Después de que parecía que no podíamos estar separados nos dirigimos hacia el sofá. Me apretó contra su cuerpo, creando de nuevo una increíble sensación de satisfacción.
Le conté levemente lo que había hecho en Nueva York, sintiéndome demasiado repetitiva. Había hecho prácticamente lo mismo con Ethan. La única diferencia era que con Edward me encontraba abrazada en el sofá y que se notaba claramente la diferencia de relaciones.
—¿A qué hora salió tu vuelo?
—A las doce.
—¿Y como es que te has decidido por venir tan tarde?
—Necesitaba verte justo ahora.
—Has derrochado toda una tarde. —Me sonrió, pero noté la sospecha en sus palabras.

—¿Qué has estado haciendo?
—Bueno, prácticamente descansar y deshacer la maleta.
—Umm… —Noté que no se fiaba del todo de mis palabras.
—Bueno… En realidad… Te-tengo algo que decirte.
—¿El qué? —Me estremecí cuando acarició con lentitud mi brazo izquierdo.
—Siento que si no lo hago explotaré. Quiero compartirlo contigo.
—Hazlo Bella.
—Es-estuve con Ethan y…
—¿Cuándo?
—Hace poco… Me invitó ha cenar y bueno…
—Estuviste con él antes de venir aquí. —Afirmó.
—Sí y pasó algo…
—¿Qué ha hecho? —Apartó los brazos de mi cuerpo y se puso rígido. Giré para poder observar su rostro.

—Bueno… Él… Me dijo que…
—¿Te hizo algo malo?
—No, solo… Prométeme escuchar todo antes de decir nada.
—De acuerdo.
—Todo iba perfectamente bien. Después de cenar fuimos al salón a ver la tele y a conversar. Pero él se puso nervioso y después de servirme una copa de vino dijo que quería confesarme algo. —Suspiré para darme fuerzas. —Me pidió ser su novia alegando que me ama. —Pude ver claramente el destello de furia que atacó los ojos de Edward.
—¡¿Qué?!
—Me confesó lo que sentía por mí y des-después me besó. —Susurré la última parte. Edward apretó la mandíbula, provocando que sus dientes rechinaran.

—Maldito… —Dijo entre dientes. —No tenía ningún derecho de hacer eso.
—Lo sé…
—¿Qué le dijiste tú? —Me preguntó de repente.
—Pu-pues que yo tan solo lo quiero como a un amigo… Qui-quiso volver a besarme, pero lo aparté y salí de su casa.
—¿Y es eso verdad?
—¿El qué?
—Que tan solo lo consideras tu amigo.
—¿Qué estás insinuando? —Se puso de pie y empezó a caminar por el salón.
—No sé si ha podido surgir algo entre vosotros. Pasáis mucho tiempo juntos. —Abrí y cerré mi boca, incrédula por lo que decía.

—Debiste impedir que te besara. —Me sentí intimidada desde mi posición.
—Y lo hice. Me aparté en cuanto pude… No imaginé que me besaría.
—¿Qué sentiste cuando lo hizo Bella? Dímelo. —Sentí la furia y los celos destilar por sus palabras.
—No sentí nada. ¿Qué demonios quieres que sienta?
—No lo sé, tal vez él te gusta y no quieres admitirlo.
—Es tan solo mi amigo.
—Pues si él se comportó así tal vez fue porque tú insinuaste algo.
—Te has vuelto loco, realmente loco. —Me puse de pie, sintiendo la rabia bullir dentro de mí.
—No Isabella, nada de eso. Si te comportarás con él como solo amigos no tendría que tener esperanzas.
—Yo nunca hice nada para incitarlo a más. ¿Acaso tengo la culpa de que se enamorara de mí? —Sentí que levanté la voz más de lo debido.

—Podrías haber impuesto distancia con él. ¿Qué va a pasar ahora?
—¿De qué?
—¿Lo volverás a ver?
—No pienso huir de él como una criminal.
—Deberías. Se comportó como todo un canalla. No sabes que hará la próxima vez.
—No, no lo sé. Pero para mí sigue siendo mi amigo. Y quiero que me explique todo bien. No tengo porque estar enfada con él.
—¿Por qué no? Te besó a la fuerza.
—Todo el mundo comete errores Edward. Y él tampoco es culpable de sus sentimientos.
—Me parece increíble que lo estés justificando.
—No lo hago. Solo que tampoco fue correcto irme de esa manera. —Intenté que el ambiente se relajara.

—Tienes que hacerte respetar como mujer.
—Esto no tiene nada que ver con el respeto.
—Claro que sí. Tú no eres nada suyo para que se tome esas confianzas.
—No soy nada de nadie. No soy un objeto.
—Tú eras mía Isabella y siempre serás mía. —En rápidos pasos se acercó a mí y sujetó mi cintura.
—Edward…
—Siempre Isabella, siempre. —Besó mis labios con rudeza, con urgencia. No quise corresponder a su beso, pero apretó con fuerza mi cuerpo contra el suyo, prácticamente obligándome. Quise separarme, porque no estaba para nada de acuerdo con todo lo que había dicho. Me sacudí son fuerza, hasta que logré zafarme.

—¿Ahora vas a prohibirme besarte? —Sonrió con burla. No sabía que demonios le pasaba.
—¿Quién se está comportando como un canalla ahora?
—No me compares con él.
—No lo hago, pero tú también me estás obligando.
—No te quiero cerca de él Isabella. —Lo miré con incredulidad.
—Tú no eres nadie para prohibirme verlo.
—Volverá a intentar besarte la próxima vez. Incluso querrá más, ¿estás segura de que seguirás negándote?
—No sé que tipo de persona crees que soy Edward. Y pensé que me conocías mucho más. Pero ya veo que sigues desconfiando de mí y acusándome sin tener pruebas. Y recuerdo que eso ya pasó una vez. No volveré a permitirlo.

Salí apresuradamente de su casa y di un fuerte portazo que resonó con gravedad. Sentí tanta rabia acumulada dentro de mí que mi cabeza empezó a doler con insistencia. Apreté los dientes porque sentía que de un momento a otro empezaría a chillar como energúmena en medio de la solitaria calle que atravesaba con paso veloz. Me había pasado prácticamente lo mismo dos veces en un solo día. Tan solo quise buscar consuelo en Edward, no que me recriminara por todo lo que he hecho. En realidad no he hecho nada, pero tampoco iba a dejar a Ethan de lado. No se merecía eso, porque enamorarse no era ningún pecado. Edward estaba totalmente cegado por los celos, pero yo no le permitiría que me hiriera por segunda vez. No de nuevo. No era un objeto, y no dejaría que me tratara como le diera la gana.

Apreté los puños con fuerza. Sentía la rabia bullir de mi cuerpo, recorrer mis venas con alarmante velocidad. Quería gritar y liberar un poco de todo lo que sentía. Dios, él se había comportado como un maldito idiota. Estaba cabreada, demasiado para mi propia salud mental. Me pareció ver todo rojo a mi alrededor. La furia parecía quemar dentro de mi cuerpo. Era como si fogonazos de ardiente fuego se estamparan en mi cuerpo. ¿Acaso era tan difícil para él entenderlo? Diablos. Si había acudido a él era por algo. Quería sentirme protegida, amada, pero no supo controlarse esta vez. Sentí que huir fue lo correcto, porque si me hubiera quedado un minuto más en su casa todo hubiera sido un jodido caos sin retorno. Ya no quería estropear más todo. Veía como todo lo que había logrado reconstruir se desmoronaba ante mis ojos sin que yo pudiera evitarlo.

Quise regresar y enfrentarlo. Decirle todo lo que mi mente pensaba. Pero no era lo suficientemente valiente, o no quería verlo de nuevo. El caso era que me encontraba caminando de un lado a otro sin un destino fijo. No me importó que fueran más de las doce de la noche. Nada me importó en ese momento. Solo quería un medio para liberar todo lo que sentía, todo lo malo que había dentro de mi cuerpo. No pude encontrar una rápida solución, y me sentí peor aún. Mi cuerpo entero temblaba, mis dientes luchaban unos contra otros creando un molesto sonido chirriante. Estaba cansada de su comportamiento, porque a pesar de todo no parecía haber aprendido nada. Pensé que había rectificado, pero ya me había dado cuenta de lo equivocada que estaba. Cada vez que se enfada perdía los estribos. Se descontrolaba de una manera brutal. Se dejaba llevar por los celos sin sentido que lo atravesaban.

Tan solo necesitaba que confiara un poco más en mí, que me diera un margen para demostrarle que no quería engañarlo. Necesitaba de él, porque estúpidamente se había vuelto mi adicción. Otra vez. A pesar de todo, de que mi memoria no estara completa, de que no lograra recordarlo por completo y de que sintiera que me había enamorado nuevamente de él, Edward no podía confiar en mí. Se cegaba completamente y pagaba todos los platos rotos conmigo. Buscaba un mínimo de apoyo en él, pero las cosas siempre salían mal. Parecía no querer comprenderlo. Lo más fácil para él era acusarme y no escucharme.
—Quiero odiarlo. —Dije en voz alta sin importarme nada. —¿Por qué demonios no puedo?
Volví a apretar mis puños con más fuerza aún, sintiendo la piel de mis nudillos totalmente rígida.

Ahora era yo la que se sentía completamente segada por la rabia, la desesperación y la desilusión. No pensé, no medité mis movimientos. Tan solo me dejé llevar por todos los sentimientos encontrados que chocaban unos contra otros dentro de mi cuerpo. Agarré mi móvil y marqué su número. No era consiente de lo que hacía, tan solo buscaba una manera de escape.
Caminé apresuradamente la distancia que me separaba de donde él me esperaría e intenté meditar lo que iba a hacer. No pude. Mi cerebro se había encerrado en sí mismo. Me estaba dejando actuar sin pensar, y eso no era para nada bueno. No me importó lo que iba a hacer, no pensé en el mañana. Actué sin razón alguna, sabiendo que acabaría arrepintiéndome.

—¿Bells…? —Su voz fue titubeante. Me giré para ver su temeroso y avergonzado rostro. Más furia recorrió mi cuerpo. No era yo en ese momento.
—Hola. —Le dije secamente. Se acercó un poco a mí y me pidió explicaciones con su mirada.
Lo contemplé largo y tendido, viendo como su cuerpo temblaba con nerviosismo. Reí para mis adentros. Tan solo era un muchacho inocente. Sentía que algo dentro de mí dominaba mi cuerpo.
—¿Qué es lo que deseas? —Su respiración era acelerada.
Una sonrisa se estableció en mi rostro, buscando más veracidad en lo que estaba a punto de decir. Un brillo malicioso se extendió en mis ojos. La furia recorría cada recoveco de mi anatomía.
—Lo he pensado, y me parece una buena idea.
—¿El qué?
—Sí Ethan, quiero ser tu novia.



Hello People! :)
Ya les dejo un nuevo capítulo totalmente fresco!
Espero lo disfruten y me dejen sus opiniones. Ya ven, quedó bastante largo a mi parecer.
No quieran ahorcarme por ese final y por todo lo que está pasando. Esta historia es muy explosiva y tiene mucho de donde sacar, solo tengan paciencia y confianza ¿okey?
Kisses.
By: Crazy Cullen.



Vestido que le regala Michael.



Vestido que compra Bella.


2 comentarios:

  1. jojojojo cuantas novedades!!
    Ay que pesado ese Michael por Dios, me da penita Edward pero bueno a ver si se pone al tanto porque le robarana aBella. Por lo que veo Ethan revolotea cerca. Geniales las imagenes de los vestidos, el que eligió Bella está maravilloso.
    Me encanta este capi nena tal cual como siempre, sabes que me encanta leerte cari
    Espero más prontiro. Un besote!!!

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  2. q lio osea todo queda revuelto d nuevo ojala q no sea michel el q pague los platos rotos aunq parese q si y ed xx q no piensa osea lo tnia la tenia casi ya y ups tontos celos omg ya me imagino el lio q se biene
    cuidate nos leemos gracias x el cap
    =)

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